Política 08-06-2009 - 550 Palabras

(Elecciones)

 

VOTAR POR OBLIGACIÓN

 

En este país ya nada parece en serio. Los candidatos no tienen la más pálida idea de para qué se candidatean. Las mismas propuestas se alternan a izquierda y derecha del espectro ideológico partidario. Los postulantes, sin empacho, dicen que no importa si finalmente asumen o no los cargos para los que los votaremos. Los postulantes a legisladores creen que la política de seguridad dependerá de ellos. Lo mismo que la asignación de días de clase o el reparto de los planes sociales. A nadie parece importarle.

 

Candidatos progresistas llevan banderas conservadores. Los conservadores se visten de peronistas. Los peronistas se desvisten como setentistas. Los socialistas se camuflan entre los radicales. Los radicales van con otros nombres. Los medios vuelven a jugar a la tribuna política.

 

Los domingos a la noche volvieron a ser espacio de fútbol televisivo, matizado con programas sobre política de la más precaria, en los que candidatos multiformes y multicolores improvisan propuestas sobre las que nunca jamás habían imaginado hablar, al menos hasta minutos antes de lanzarse a la arena.

 

Algunos históricos, aquellos considerados sin chances, son los que mantienen en alto estandartes, consignas, pensamientos e ideologías. Los otros cambian de discurso como se cambia hoy de canal de televisión.

 

¿Algo de todo esto le importa a la ciudadanía? Los diarios, las radios, las teles y los encuestólogos dicen que sí. Que la intención de voto es tal o cual. Sin embargo, la sensación es que no. O, al menos, muestra que no se trata de un interés mayor al que se asocia a la necesidad de descargar insultos contra uno u otro candidato, desacreditar a los postulantes y seguir con la amarga vida que, como argentinos, nos toca vivir.

 

Pocos son los que están convencidos de que el cambio radical, aquél que nos dejará una vida en paz por un tiempo, está llegando con las próximas elecciones legislativas. Más bien, lo contrario. Se las vive como un paso que hay que dar porque así se le cantó a alguien, pero que no generará mejoras ni para el 29 de junio ni para cuando los elegidos asuman o prefieran no asumir (al fin de cuentas, en esta elección parece que todo está permitido).

 

La anomia generalizada es tal que difícilmente pueda revivirse un entusiasmo electoral como el que, hasta hace poco, acompañaba a los comicios.

 

Porque incluso en 2007, en la elección presidencial, se palpitaba algún tipo de expectativa entre quienes finalmente resultaron vencedores, pero también entre los que quedaron vencidos.

 

Hoy eso ya no está presente. Hoy nadie espera nada de nadie. El descrédito político es igual de triste que lo que fue en 2001-2002.

 

Es otra oportunidad que se pierde para generar nuevas camadas de referentes sociales y políticos, para desarrollar una ciudadanía madura y comprometida con su vida pública, para delinear el camino de un país en el que la seriedad cada vez se esfuma más.

 

El 28 la gente irá a votar, pero no lo vivirá como un día de derechos, sino de obligación.

 

Es una lástima. La democracia con la que soñamos se nos está escurriendo entre los dedos y, para peor, estamos tan hastiados que parece que ni siquiera nos importa.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP