Política 13-07-2009 - 598 Palabras

(Escenario)

 

A LAS COSAS, DE UNA BUENA VEZ

 

Tengo el honor de haber ido a un colegio público que durante siglos estuvo entre los mejores de América Latina. “¿Mandarías a tus hijos al Colegio?”, es la pregunta que hoy comienzan a hacerse mis ex compañeros. La respuesta suele empezar con un “me encantaría, pero la verdad, en medio de tanta decadencia, mejor lo mando a un privado”.

 

Tengo la dicha de gozar de una relativa buena salud. Me he atendido, sí, en el hospital público, en obras sociales, con medicina prepaga y de manera individual. Más allá de los tiempos de y para la atención, las diferencias en la calidad técnica de unos y otros me ha sido completamente imperceptible. Sin embargo, cuando les pregunto a mis amigos si se atenderían en la sala de barrio, la mayoría responde que preferiría esperar a que su prepaga le dé el turno con un médico desconocido, pero de una clínica de nombre.

 

No tuve la suerte de jugar seguido en la plaza. En la ciudad no están a mano. Además, mi infancia corrió en años en los que no era seguro que yo anduviera correteando entre hamacas y toboganes.

 

Hoy, sin embargo, teorizo y sé que me gustaría llevar a mis hijos a las plazas. No obstante, se dice que el ambiente ya no es del todo sano, los cigarros abundan en zonas de juegos, las cajas de tetra se aparean con las botellas de cerveza y la seguridad escasea.

 

Me encantaría no tener tanto de qué quejarme. Me encantaría poder no hacerlo, pero no puedo. Y aun así, cuando lo hago me enfrento con la pregunta punzante y dolosa (y dolorosa): ¿Qué estoy haciendo para que esto cambie?

 

“Soy un pensador compulsivo y escribo casi tan rápido como pienso, provocando el pensamiento crítico en quien me lee”, me suelo responder de manera autocomplaciente. ¿Alcanza? ¿Acaso no podría yo, junto con un grupo de ex compañeros, trabajar para que mi Colegio vuelva a ser el que fue? ¿Acaso no podría, con el poder de la pluma, instalar el tema de la salud pública y los negocios privados, e impulsar un orden de cosas que sea mejor para todos y no peor para la mayoría y mejor para pocos? ¿Acaso no debería retomar mi profesión de origen y luchar por una justicia sana y veloz, que satisfaga las demandas ciudadanas como dice la Constitución que prometí proteger?

 

Estoy en el límite, al borde del desboque, convencido de que hago, pero sabiendo que lo que hago apenas si cambia el amperímetro. Veo como la Argentina se condena al fracaso a cada paso que da.

 

El esfuerzo parece no desembocar en ningún resultado. Siglo XX, cambalache; siglo XXI, ¿qué?

 

Siento, por momentos, estar levantando las lanzas de El Quijote, en una lucha inconducente y continua, mientras alrededor hay quienes se arremolinan sobre su ombligo para tener una vida reposada y feliz.

 

¿Se justifica tener un pensamiento colectivo en un país que parece funcionar en torno al individualismo? ¿Alcanzará con que cada uno haga bien aquello que, se supone, tiene que hacer, para que tengamos un presente mejor? ¿Será cierto que éste no es un tema que nos corresponde y que es el Estado el que se debería ocupar? ¿Y qué tenemos que hacer cuando el Estado no lo hace?

 

Son más interrogantes que borradores de respuestas. Mi desorientación es manifiesta. Lo que sé –y lo sé a ciencia cierta– es que si no vamos a las cosas, las cosas pronto se nos irán definitivamente del alcance de las manos.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP