Política 10-08-2009 - 550 Palabras

(Violencia – Límites)

 

¿POR QUÉ NOS MATAMOS?

 

Todos los días, varias veces por día, nos enteramos del asesinato irracional de un padre o madre, hijo, amigo, vecino, novio, comerciante, estudiante, trabajador. ¿Qué nos pasa? ¿Por qué nos estamos matando de esta manera tan absurda?

 

En un par de párrafos es difícil, sino imposible, intentar una explicación. Sin embargo, es claro que el avance en el consumo masivo de drogas (legales e ilegales) es un contribuyente directo para el estado actual de cosas.

 

A ello, indudablemente, debe sumarse un estadio previo que es el que lleva al consumo de esas sustancias. Sino, cualquier explicación sería de síntomas y no de enfermedades.

 

Así las cosas, la marginalidad suele ser presentada como la primera de aquellas razones y, sin embargo, no es la respuesta adecuada a un problema social y humano mucho más complejo.

 

La droga abunda –¡y cómo!– entre los sectores marginados y no marginados de la sociedad, y la marginalidad existe en sociedades mucho menos violentas que la nuestra.

 

Por otra parte, los automovilistas generalmente no forman parte de este estrato cuasi-extra-social de marginales y, sin embargo, son responsables de varias decenas de miles de muertes al año en nuestro país. “Atropelló y huyó”, suele ser el título.

 

¿Qué tienen de similar unos y otros matadores? El común denominador entre los ‘quitadores de vidas’ es la falta de límites, sean parentales, familiares, sociales o legales.

 

“Estos límites desaparecen con mayor facilidad cuanto más desmembradas están las familias”, podría decir un sociólogo promedio, un psicólogo o un clérigo. Eso es cierto. Pero también en familias “bien constituidas” se advierte que los límites se han perdido: los hijos ya no son lo que eran y los padres, mucho menos.

 

Entre las horas de trabajo, el ocio, la necesidad de realización personal y el consumismo de la propia imagen, poco tiempo queda para educar a los más jóvenes. “Que se críen solos”, dicen sus queridos papis.

 

Educar implica enseñar, pero también poner límites.

 

Desde un punto de vista más macro, cuando los límites no se cumplen, en una sociedad aparecen las leyes para imponer sanciones a través del Poder Judicial y de la fuerza pública, cuando es necesario.

 

Y aquí, con una visión politológica, existe y es evidente un vacío importante.

 

Si una sentencia puede demorar cinco o diez años en ser dictada, incumplir la norma, el límite, no tiene mayor importancia para el incumplidor –más allá de lo moral, en caso de que sienta algún remordimiento–.

 

Esto explica (explica, no justifica), la aparición de ‘justicieros’, que suponen que sus reclamos judiciales nunca serán atendidos, y el crecimiento de asesinatos a mansalva, bajo la creencia de que nunca serán atrapados, juzgados ni sancionados.

 

En este estado de cosas, el desprecio por la vida propia y la ajena en un mundo donde el que tiene es, y más es cuanto más tiene, gana protagonismo al punto de que un par de zapatillas bien valen un tiro directo al pecho.

 

Lejos de actuar, como individuos y sociedad preferimos horrorizarnos y quedarnos petrificados en el temor.

 

Los límites que no ponemos hoy son la anarquía que se tendrá mañana. El problema, no obstante, es que los límites no se pusieron ayer y son la matanza que estamos teniendo en este mismo instante.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP