Política 24-09-2009 - 570 Palabras

(Congreso – Rol – Institucionalidad)

 

PASARSE POR ALTO O POR BAJO

 

Aclaro desde el vamos que no se trata ésta de una cuestión de medidas ni de alturas, sino que es cien por ciento política y refiere al rol que el Congreso de la Nación tiene por estos días.

 

El tratamiento del proyecto de Ley de Medios (proyecto y no ley, hasta que el Senado no diga algo distinto) es más una payasada institucional que una demostración de país que tiene intenciones de crecer.

 

No pasa aquí la cuestión por el debate ideológico de la norma, sino simplemente por la función que tiene el debate en una sociedad que se jacta de ser una ‘joven democracia’ (aunque ella ya muestra entradas, canas y panza prominente).

 

El proyecto oficialista –como tantos otros proyectos y como han hecho tantos otros oficialismos– juega a esquivar controles, frenos y contrapesos, calcula y especula con la ausencia del Vicepresidente en el Senado, con las Comisiones que le son leales, con los tiempos de aprobación, y olvida que en el Parlamento están representadas la mayor cantidad posible de voces de la sociedad y que todas ellas deben ser escuchadas.

 

Se pasa por alto (o por lo bajo), los principios más básicos del republicanismo.

 

Que no es un esquema perfecto, que siempre hay sectores que están sobre y subrepresentados, es cierto. Pero más cierto es que “es lo que hay” y, hasta el momento, no se conoce una mejor forma para que el abanico de intereses que se encuentran en una comunidad sea tenido en cuenta.

 

Dicho esto, la falta de debate que pretende el FPV para una iniciativa de esta envergadura, no hace más que demostrar el espíritu antidialoguista y antinegociador, contrario a lo que debería tener cualquier partido (o movimiento) político.

 

Argumentar, negociar, debatir, discutir, son palabras propias de la política moderna. El disenso y el consenso forman parte de la sociedad, de las familias, de las amistades.

 

La búsqueda de la aprobación de ideas por el simple peso de las mayorías logra, únicamente, una victoria pasajera, limitada en el tiempo, llamada a la reformulación más temprana que tarde.

 

Así, de la misma forma en que el actual Gobierno señala a la de Radiodifusión como una ley de la dictadura (decreto ley, si se me permite la corrección), omitiendo mencionar las reformas que ha sabido tener esa norma durante los sucesivos gobiernos democráticos y reforzando la idea de que fue dictada por un gobierno sin legitimación ni legitimidad para hacerlo, así también es previsible que un futuro gobernante hable de la falta de consensos sobre los cuales se construyó ésta (e, insisto, otras tantas normas) y pretenda volver a reformularla.

 

Este oscilar, ir y venir de un modelo a otro, nos ha sido bien propio durante las últimas décadas. Del populismo al autoritarismo, del proteccionismo al libre mercado, de los militares a la socialdemocracia, de allí al neoliberalismo, de allí a la nada, luego al populismo, luego a la transversalidad cooptante y, ahora, a la administración antojadiza.

 

El Gobierno muestra una vez más su falta de capacidad para entablar un diálogo, intercambiar posiciones, respetar a quienes piensan distinto o, mismo, de manera diametralmente contraria a sus valores.

 

Un país se construye con todos. La uniformidad de pensamiento e ideas no existen. Castro en Cuba, Bush en Estados Unidos, son dos claros ejemplos del destino que tienen los pueblos y países cuyos gobernantes creen lo contrario.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP