Sociedad 06-01-2004 – 564
Palabras
(Marte)
ESTRELLITA
MÍA
Pocos meses atrás, Marte vino a
nosotros. Ahora, nosotros vamos a él. La sonda Spirit acaba de desembarcar en
su superficie. Una vez más, hicimos contacto, algo que no sucedía desde 1997.
La excursión está permitiendo
desentrañar los secretos del planeta rojo, aunque en verdad no le quedan
tantos. Ya es un viejo amigo: hace miles de años comenzamos a pensar en él.
Paradójicamente, mientras Marte,
el planeta más cercano y el que más ha excitado la imaginación de científicos,
filósofos y poetas, está cada vez más cerca, con la estrella más cercana
sucede lo contrario.
El Sol, esa bola ígnea
que ni siquiera estamos acostumbrados a considerar una estrella, se aleja
cada vez más.
Las civilizaciones antiguas lo
reverenciaban como si fuera un dios benéfico, capaz también de acciones
terribles. La comunión con esa luz increíblemente potente, cuya composición y
origen no comprendían, era tal que en las ceremonias de adoración se le rendía
sacrificio.
Trataban de no enojarlo, de
“caerle bien”; intentaban, en la medida de lo posible, desentrañar su
personalidad. Cuando estaba de buen humor, el Sol, el dios Sol, era la fuente
de casi todo lo bueno que podía pasar: buenas cosechas, alimento suficiente.
La ciencia acabó con todo eso.
Bajó al Sol de su pedestal divino para ubicarlo junto a las otras estrellas, y
aun más: nos reveló que en realidad es una estrella muy menor, no comparable a
los enormes faroles que pueblan el centro de nuestra galaxia.
Conocemos tanto al Sol que
cualquier aura mística se ha perdido. Sabemos por qué arde, cuánto tiempo más
arderá y con cuánta potencia. Conocemos su pasado y su edad. Barruntamos el
secreto de su origen y sabemos por qué está lleno de erupciones como un adolescente
con acné.
Nuestro conocimiento del Sol
nos ha acercado a su realidad, pero nos alejó de aquel concepto que lo
sindicaba como elemento benéfico. Ya no lo adoramos, ni pensamos tanto en él.
En tanto, Marte, otrora dios de
la Guerra, aparece como el escenario de los sueños futuristas de la especie
humana. Y sin embargo, más allá de la pérdida de lo místico y lo fascinante,
hay un alejamiento más peligroso y doloroso: el Sol se está convirtiendo en
enemigo.
Nuestra es la culpa. Por las
malas acciones, debemos protegernos de su ira mediante invisibles escudos cuya
efectividad clasificamos con números arcanos. "Factor 15",
"factor 20", "factor 60", son nombres que designan los
grados de nuestro miedo.
Para verlo de otra manera, la
escala revela cuánto daño le hemos hecho al medio ambiente. Bien mirado, el
"agujero de ozono" (al que deberíamos llamar "agujero sin
ozono") parece una fantasía épica, un fenómeno adverso donde ubicar un drama heróico de ciencia ficción; la obra
de un científico loco cuyo conocimiento ha alcanzado escala planetaria y que
tiene, por lo tanto, una capacidad planetaria para dañar.
Le tenemos miedo al Sol. Y no
sin razón. Exponerse durante mucho tiempo a su mirada puede ser mortal. Como un
dios iracundo, castiga la irresponsabilidad de sociedades industrializadas que
han avanzado sobre la mística del mundo convirtiendo todo, incluso el aire y la
luz, en un valor de cambio.
Y he aquí otra paradoja: le
tememos, efectivamente, al Sol; Marte, en tanto, concita nuestra atención y
nuestra fantasía mientras ignoramos felizmente qué significan los nombres de
sus dos lunas, Phobos y Deimos.
Sebastián Lalaurette
Agencia MP
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