Sociedad 17-02-2004 – 577 Palabras

(Repatriación - Emigrados)

 

VUELVEN

 

Vuelven. Con sueños rotos, con esperanzas perdidas, con la frente marchita. Con desilusión y bronca, o bien con nuevas expectativas por estar otra vez en su país... aunque ya no sea exactamente el mismo que dejaron.

 

La mayoría se fue cuando por aquí todo se iba por el hoyo. La decisión, en algunos casos, fue terriblemente difícil; en otros, sonaba casi imperiosa. Las puertas del paisito se cerraban, y había que buscar destinos más grandes, que abarcaran toda la mirada. Se colaron por rendijas que dejaban entrar un poco de luz, la de afuera, mientras aquí adentro el resto se perdía en la oscuridad y la incertidumbre.

 

Hay que señalarlo: no están todos los que son. Se fueron un cuarto de millón de argentinos, buscando quién sabe qué (escapar, creer, sentirse respetados, empezar de nuevo) y volvieron, apenas, unos cuantos miles.

 

Sucede que al periodismo le encanta descubrir tendencias, pero ama mucho más las rupturas. Y lo que hay aquí es, precisamente, la ruptura de una tendencia.

 

Se quebró la oleada emigratoria: por primera vez, indican los números oficiales, los que vuelven son más que los que se van.

 

Está sucediendo lo contrario de lo que ocurrió durante toda la década pasada. Y tal vez, tímidamente, comienza a revertirse el repentino, casi orquestal éxodo que comenzó hace dos años y monedas.

 

Paradójicamente, quienes hoy vienen a "hacerse la Argentina" son los que hace un puñado de meses decretaron para sí mismos que este país ya estaba deshecho, que no valía la pena confinar el futuro a un descenso permanente.

 

Las cosas cambiaron, aunque nadie sabe por cuánto tiempo o en qué medida: el tejido de nuestra realidad está hecho de sorpresas y, con el perdón de Shakespeare, también de la materia con que están hechos los sueños.

 

No obstante, las cosas ya habían cambiado para ellos el mismo día en que pusieron pie en tierras lejanas, a veces con idiomas extraños, otras con una versión de la lengua propia que no es la que recuerda al hogar.

 

Se notaba en los sustantivos: cambiaban los nombres de los objetos cotidianos, de las comidas, de los animales. Y también los de las películas, en traducciones siempre más fieles que las que se conocen por aquí.

 

Pero lo más difícil no fue extrañar, sino chocarse contra las paredes. Muchos no llegaron a conseguir jamás un trabajo estable. Los que se fueron sin papeles comprobaron en qué medida eso los convertía en parias (no debería sorprender: hasta hace muy poco nosotros mismos expulsábamos anualmente a miles de extranjeros indocumentados) y algunos debieron volverse en medio de escándalos humillantes.

 

Otros más conocieron la prisión: hemos visto en las últimas semanas a sus familiares a través de las pantallas de la televisión. Sus rostros reflejaban una herida adicional a la esperable en estos casos. Tal vez, la desilusión de sentir que el golpe vino de allí donde se cifraban las esperanzas.

 

Y como final de cuento, se volvieron. Persiguiendo en muchos casos esperanzas bastante parecidas a las que los llevaron a irse.

 

Cabe cuestionarse qué esperaban encontrar. Cabe interrogarse si es tal la divergencia entre la imagen idealizada que tenemos de lo que nos gusta llamar Primer Mundo y lo que esos países son en verdad, o si nuestro propio pedazo de tierra pudo cambiar tanto en tan poco tiempo, como para ser de nuevo un faro.

 

La pregunta que queda es: ¿Habrá cambiado tanto, realmente, la Argentina?

 

Sebastián Lalaurette

Agencia MP

 

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