Sociedad 24-02-2004 - 581 Palabras

(Juventud eterna)

 

LOS NIÑOS DESAPARECEN

 

Todos somos jóvenes en Occidente. El de la “tercera juventud” es un tópico ya transitado por la televisión, la prensa y los libros de autoayuda a nivel mundial. El combate contra los años y, en última instancia, contra la inexorable muerte, ocupa un papel preponderante en nuestras sociedades.

 

Del otro lado del mundo las cosas tendían a ser diferentes: en cada comunidad, los viejos eran respetados como repositorios de la sabiduría, del honor y de todas las virtudes que no pueden ser innatas, sino que se adquieren inevitablemente a través del tiempo. De mucho tiempo.

 

Y sin embargo, eso está cambiando velozmente. A medida que Oriente se occidentaliza, el aura sagrada que rodea a la vejez es reemplazada por ese desprecio culpable que caracteriza a las sociedades movidas por el imperativo de la eficiencia. Nos dan lástima nuestros jubilados, pero no dejamos de tratarlos como a un desecho de la máquina económica.

 

En ese contexto, la lucha contra la flecha cronológica parece inevitable: pedirle a alguien que quiera sumarse años, quemar etapas, crecer, suena como el rasgo de una peligrosa enfermedad. Y, sin embargo, es lo que hacemos con nuestros niños.

 

Vivimos en una sociedad de promedios, en una época mediocre. El imperativo de mantenerse joven se cruza con el de llegar a serlo. Ya no quedan muchos niños, o mejor dicho, lo son cada vez por menos tiempo.

 

En cuanto sus tiernas mentes pueden absorber el concepto de lo “cool”, ese maravilloso y terrible invento de la última modernidad, ya están perdidos: los chupa nuestra máquina de juventud, ésa que nos hace a todos iguales.

 

Puede parecer sorprendente, pero el espacio de la niñez se ha reducido tanto que, si tuviéramos que definirlo, estaríamos en problemas. Ya cuesta imaginar a un chico protegido del mundo exterior por esa aura de inocencia que – según el concepto tradicional - lo acompaña a través de los primeros años de su vida.

 

Hoy, el mundo de los niños está hecho de Piñón Fijo y Teletubbies, pero también de impulsos y presiones que los pebetes de generaciones anteriores no conocieron.

 

La ropa para niños es apenas una versión más colorida de la ropa para jóvenes. La música que se escucha a los siete años es, básicamente, la misma que se escucha a los 17. El cinismo mercantilista que permea a la sociedad no es ajeno a los bajitos, que se acostumbran desde temprano al mundo del dinero.

 

La edad de la iniciación sexual ha bajado a límites casi biológicos, mientras las revistas para adolescentes (entiéndase por “adolescente” una etapa que comienza cerca de los 11 años) vienen con pintalabios con sabor frutal “para que te coman la boca”.

 

Como siempre, el fenómeno afecta especialmente a los gurises en situación de emergencia social, que a la edad en que supuestamente deberían empezar a ir a la escuela se ven obligados a empezar a trabajar, en un trágico intercambio de educación por marginalidad.

 

Ni que hablar de la dolorosa y creciente realidad de las niñas prostituidas por sus mayores, en todas las provincias argentinas.

 

Todos somos jóvenes. Los que estamos entre los veinte y los treinta; los que hace rato hemos pasado esa edad, pero seguimos volviendo a ella (deporte, vida sana y “actitud” mediante), y los que, desde la más temprana edad, queremos llegar allí.

 

Es como un sueño, pero el precio es demasiado alto: en una punta, la sabiduría; en la otra, la irrecuperable magia. Ya podemos despertar.

 

Sebastián Lalaurette

Agencia MP

 

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