Sociedad 23-10-2007 - 599 Palabras

(Discriminación)

 

LA MISMA CALESITA

 

En toda sociedad, en todo tiempo y lugar, hay debates que parecen agotados. Es parte de la dinámica natural de los debates sociales que suelen concluir, no cuando se llega a un utópico acuerdo, sino cuando los hechos anulan o superan las dicotomías. Esto es así aun cuando persistan posiciones y actitudes que, en términos de lo aceptado luego de la extensa puesta en discusión, suenen anacrónicas. Por ejemplo: el cotidiano muestrario de racismo que choca contra las nociones hoy prevalentes de igualdad de oportunidades, no discriminación y falsedad de la superioridad de alguna raza por sobre el resto.

 

Sin embargo, con frecuencia encontramos que en los debates ya superados, tras décadas o incluso siglos de compulsa, hay elementos que no han sido suficientemente considerados o que valdría la pena volver a considerar. Y no necesariamente tienen que ver con el centro de la cuestión, sino con asuntos laterales, que no por eso dejan de ser de vital importancia.

 

Un ejemplo: cuando, hace pocos días, el Premio Nobel James Watson, galardonado por ser nada menos que uno de los descubridores de la estructura del ADN, dijo que la raza negra era intelectualmente inferior a la blanca, no hubo voz audible, ni dentro ni fuera de la comunidad científica, que lo acompañara en sus dichos, y por cierto parece difícil, dado el avance del conocimiento en genética en los últimos años, que se pueda citar algo en favor de su tesis. Más bien ni siquiera se puede hablar ya, estrictamente, de razas, advierten los especialistas, y el mismo término “inteligencia” resulta problemático.

 

Y no es nuestra intención discutir estos asertos ni acompañar las afirmaciones de Watson. Si existe algo para debatir aquí, no hace al centro de la cuestión, o mejor dicho sólo los científicos saben eso. Nosotros, seres de a pie, haríamos mejor en pensar en otra cosa que tiene que ver con esto y que resulta harto más significativa en términos humanos.

 

Es la siguiente: suponiendo que en efecto los negros fueran menos inteligentes que los blancos, ¿cambiaría esto su situación?, o, para ponerlo en términos generales, ¿la inteligencia sustenta derechos?

 

No hablamos aquí de deficiencias mentales, de enfermedades: es obvio que quienes las padecen están eximidos de ciertas actividades que se nos exigen al resto y privados, por lo mismo, de ciertos derechos que no podrían ejercer. Esto es otra cosa.

 

Basta pensar unos segundos para advertir lo ridículo de la premisa. A nadie se le ocurriría, por ejemplo, no venderle un pasaje de avión a alguien porque no es lo suficientemente inteligente, o pagarle menos a un empleado que realiza la misma tarea que otro pero que tiene un coeficiente intelectual menor. Los chicos tontos pueden subir a la misma calesita que los listos y no es la rapidez mental lo que nos habilita para votar al futuro presidente.

 

Hay muchos motivos para rechazar el racismo, pero a veces da la impresión de que se afirma la igualdad más allá de la realidad científica o social con la simple y llana (y buena) intención de que las diferencias no justifiquen la supresión de derechos. Pero es que de todas maneras no debería ser así, y esta mera suposición ya resulta un tanto discriminatoria.

 

Haríamos bien en garantizar la igualdad de derechos para todos: negros, blancos, altos, bajos, tontos, genios, limpios, sucios, hermosos, feos, tímidos, obsecuentes, pagados de sí mismos, estrictos, perezosos y amantes de los geranios. Lo otro, el temor a la diferencia, es muy mala excusa para clausurar una discusión, por seguros que estemos de su anacronismo.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP