Sociedad 30-10-2007 - 598 Palabras

(Discriminación)

 

ACOMPLEJADOS

 

Es de esperar (está, digamos, en el orden natural de las cosas) que las personas sometidas al mismo tipo de abusos hagan causa común. Si no la solidaridad altruista, al menos sí la disparada por el deseo de cambiar la situación, también para beneficio propio, lleva a las víctimas a defenderse y apoyarse unas a otras. Así que, cuando Xavier Martí Martínez empezó a insultar a esa jovencita ecuatoriana en un tren de Barcelona, la memoria de otros epítetos racistas (“sudaca” entre ellos) habrá acudido a la memoria del otro pasajero, un argentino de 24 años cuyo nombre no conocemos. Era previsible que se levantara del asiento, que interviniera para evitar la posterior andanada de vejaciones. Pero no.

 

Mientras Martí Martínez, un flaco alto rubio de 21 años y cara de a mí qué, le apretaba una teta a la indefensa inmigrante, le propinaba un puñetazo y hasta una terrible patada en la cara, nuestro compatriota miró para otro lado (¿le suena esa actitud?). Sólo después de que el agresor abandonara el vagón se dio por enterado y consoló a la chica, diciéndole que todo había sido registrado por las cámaras de seguridad.

 

Así era. Y cuando esas imágenes fueron difundidas por televisión, causando un escándalo internacional, sus vecinos barceloneses lo reconocieron y empezaron a increparlo e intimidarlo por su cuestionable actitud. Es de imaginar que algunos habrán incurrido en apelativos racistas, también: de cómplice a víctima hay un paso corto.

 

No es el único que vive en esa encrucijada. A los argentinos nos cuesta, en general, definirnos frente a la cuestión de la discriminación. Nos cuesta verla bajo la óptica de los derechos (su garantía o negación, digamos) y ponemos a operar inconscientemente categorías cuantitativas: superior, inferior, ser más, ser menos.

 

Sólo así se explica que chillemos tanto cuando un argentino es agredido o menoscabado en el exterior y, sin embargo, sigamos, aquí, tratando con desprecio y hasta odio a los bolivianos, peruanos, paraguayos o chilenos que decidieron dejarse acoger por nuestro suelo, ya que no tanto por nuestra amable gente.

 

Un fenómeno repetidamente señalado viene a cuento aquí. A pesar de que efectivamente discriminamos sin miramientos a limítrofes, judíos, homosexuales y otras minorías, a pesar de otros defectos tan graves como ése o más, nos queremos morir cada vez que un argentino pone en acción esos lamentables rasgos de carácter en otro país. Lo consideramos un atentado a la imagen nacional, algo que sin duda habla de nuestro complejo de inferioridad. O de superioridad. O de ambos.

 

Otra anécdota que pasó inadvertida en el clima de vértigo preelectoral: un grupo de habitantes de La Plata no tuvo mejor idea, en los días previos a los comicios del domingo, que presentar un recurso de amparo para que unos nueve mil inmigrantes fueran tachados del padrón y no pudieran votar. El argumento era legal, pero aborrecible: son personas que recibieron sus documentos este año y por lo tanto no cumplían con el requisito de residencia por dos años para ejercer el derecho del voto. Aunque todos sabemos, incluso esas buenas conciencias, que esos nueve mil no vinieron todos juntos en un barco, sino que habían estado viviendo aquí, junto a nosotros, por décadas.

 

Ahora, por primera vez, podían hacerse oír, pero se intentó posponer ese derecho dos años más vía papeleo. Acabábamos de reconocer su existencia pero, una vez más, nos proponíamos relegarlos.

 

La cosa no prosperó por otro formulismo: el recurso se presentó fuera de plazo. Toda esa gente votó, suponemos que a conciencia. La herida, sin embargo, ya estaba abierta.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP