Sociedad 06-11-2007 - 567 Palabras

(Cárcel – Motín – Masacre)

 

OTRA VEZ

 

¿Qué se puede escribir ante una masacre como la de Santiago del Estero? Mucho o muy poco, evidentemente: treinta y dos muertos llevan por necesidad al silencio o a la exaltación indignada. Lamentablemente, no es una pregunta nueva. Ya se planteó hace dos años, cuando una situación casi exactamente igual a la vivida en la cárcel santiagueña se dio en un penal de otra provincia, Buenos Aires. Las coincidencias son llamativas: motín, quema de colchones, pabellón bloqueado por las llamas, humo, asfixia, treinta y dos muertos; luego, algún otro deceso en el hospital. Una tragedia parece calcada sobre la otra.

 

Desalienta verificar esas coincidencias que llevan a una primera conclusión: no todos aprendieron de aquellas muertes.

 

La receta del gobierno bonaerense para evitar que algo como lo de Magdalena volviera a suceder fue reemplazar todos los colchones de las cárceles por otros que se resisten a prenderse fuego. Las prisiones de la provincia siguen siendo ámbitos de enfrentamiento y violencia, pero al menos la posibilidad de una masacre semejante parece lejos. En Buenos Aires. Porque en Santiago (y no sólo en Santiago) aún es posible que una protesta de internos termine en decenas de muertes.

 

Y entonces, esa especie de friso desolador que muestran las pantallas. El terror de las familias, la incertidumbre de quienes no saben si han perdido a alguno de sus seres queridos, el dolor de quienes lo confirman tras horas y horas de angustia. Hay gritos, llanto. Los padres y hermanos de los presos hacen un piquete frente al penal: quieren saber, que alguien se haga cargo de decirles. La cárcel es el lugar cerrado por excelencia. De allí tardan en salir la gente y la información.

 

Viene bien recordar que los motines no ocurren porque sí. Puede ser que los haya para cubrir o posibilitar intentos de fuga, pero también estallan cuando las condiciones en que viven los presos se han vuelto insoportables, o cuando las autoridades penales han incurrido en lo que ven como una arbitrariedad. El hacinamiento es el caldo de cultivo de situaciones tensas; también la mirada reprobadora de una sociedad que se niega a dar oportunidades y tolera la injusticia según el prontuario de su víctima.

 

También es cierto que el rescate de presos amotinados, atrapados en un incendio que ellos mismos generaron, se ve desde otra óptica que, digamos, el rescate de unos alumnos de secundaria. Es pronto para saber, pero en el caso de Magdalena emergió la acusación de que una puerta que podría haberse abierto permaneció cerrada. Si fue así, fue por miedo a quienes debían salir por ella, por no saber qué hacer con esas personas a las que debían salvar. Es la mejor hipótesis.

 

Algo más. Tal vez lo único realmente importante. Sería de esperar que lo de Santiago, es decir lo de Magdalena, no vuelva a suceder. Pero no sabemos qué esperar. Dado que pasó una vez y luego otra, la repetición no está fuera de las posibilidades. ¿Qué haría falta para que esta vez sea la última? Algo sencillo, pero difícil: que toda la sociedad argentina se muestre tan horrorizada ante la muerte de treinta y dos presos (la mayoría de ellos sin condena firme) como ante la masacre de casi doscientos jóvenes en una disco porteña incendiada.

 

Difícil, sí. Pero la única manera de evitar el horror es que a todos nos importe.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP