Sociedad 13-11-2007 - 593 Palabras

(Venganza)

 

LA ESPIRAL

 

Ya es un lugar común, pero vamos a decirlo una vez más: lo ocurrido en Santa Fe hace pocos días tiene mucho de cinematográfico. Hablamos, claro, del último acto (del último, definitivo, arrasador acto) de la vida de Ángel Lemos, un plomero, un hombre común que decidió vengar la muerte de su hijo y luego suicidarse.

 

Quién sabe cuántas mañanas, tardes y noches pasó Lemos meditando, en su casa de Villa Cañás, sobre la forma que tomaría su venganza. Había perdido a su hijo, Pedro, hacía dos años: un joven le disparó con una escopeta. Quizá desde entonces planificó el desquite.

 

Lo llevó a cabo la semana pasada: fue a buscar a la madre de Héctor Arangel, el presunto asesino de su hijo (hoy en prisión, pero sin condena firme), y la mató; también a la pareja de la mujer. Después se lanzó tras el padre del supuesto homicida pero, como no lo encontró, disparó contra su esposa, hiriéndola. Tras ello, liquidó a una jueza de paz que, aparentemente, nada tuvo que ver con el caso. Finalmente, fue al cementerio y, frente a la tumba de su hijo, se pegó un tiro en el corazón.

 

Repetía, sí, un tópico del cine: muchas películas se han filmado con el argumento de quien, tras perder a un ser querido en un hecho violento, planea cobrarse esa muerte produciendo otras, y en general presentan el holocausto final bajo una luz salvadora. La venganza es un gran motor de las acciones humanas y también, por lo tanto, de las historias de la pantalla grande.

 

Pero, dicho esto, hay ciertas diferencias importantes entre una tragedia griega y un blockbuster hollywoodense. Mientras la típica película taquillera de acción glorifica al vengador solitario y lo pone en el lugar de la justicia (es decir el lugar al que la justicia como sistema institucional no sabe llegar), los antiguos nos enseñaron hace tiempo que quien se entrega a la pasión de la venganza se condena a sí mismo y a otros.

 

El caso de Lemos plantea cuestiones serias pero maniqueas. Es como si se pusieran en la balanza los diferentes dolores y empezar a comparar si el daño producido por la muerte de un hijo equivale al de la muerte de ambos padres o si también hay que agregar a las parejas de los padres o combinaciones por el estilo; o como si uno se preguntara si basta con hacer sufrir al homicida o también hay que hacerles sentir a sus parientes lo que es la pérdida de alguien amado. Lo cierto es que no hay posibilidad de equilibrio o compensación. Nunca.

 

Es el peligro que entraña la venganza como necesidad de restitución del equilibrio, un peligro que puede volverse abismo: la injusticia cometida para reparar otra injusticia requiere a su vez de alguna reparación. Es la conocida espiral de que hablamos al decir que la violencia sólo engendra más violencia.

 

Es famosa la historia de rivalidad entre los Hatfield y los McCoy, en el lejano Oeste (primero un cerdo, luego un hermano, luego un hijo, luego..., hasta llegar al caos), pero no hace falta más que mirar hacia Medio Oriente para comprender hoy mismo cuán irracional puede llegar a ser ese juego de contrapesos.

 

Sería deseable que esta triste historia no desemboque en ese tipo de locura. Más allá de eso y mientras tanto, sería bueno pensar en que la venganza y la justicia son cosas muy diferentes. Salir un poco de Hollywood, volver cada tanto a los griegos, es un ejercicio saludable.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP