Sociedad 20-11-2007 - 599 Palabras

(Medicación)

 

MUNDO PROZAC

 

"Los antidepresivos han derrotado a la psicoterapia". El titular, escandalosamente polémico, apareció hace pocos días en un matutino porteño. El entrevistado, autor de una afirmación un tanto más matizada pero igualmente poderosa, es Nassir Ghaemi, un psiquiatra especializado en trastorno bipolar, que deplora el exceso en el uso de medicamentos para paliar la ansiedad, la depresión o el mal sueño, pero también sugiere que se podría introducir un poco de litio en el agua corriente para prevenir la demencia senil.

 

Todo un tema éste del Prozac y su numerosa familia. Fuera de la élite científica que determina hacia dónde ir en estos asuntos, nadie habla mucho de este tema más allá de las observaciones habituales circularmente repetidas acerca del peligro del hábito y la automedicación y de lo tenue del límite entre las drogas legales y las otras. Pero hay algo más profundo que hace a la propia existencia de pastillas para sentirse mejor, algo que tiene que ver con un horror primordial que la civilización, porque lo es, intenta aplastar.

 

El sexo y la locura son los dos abismos vertiginosos a los que teme asomarse el hombre occidental, como lo sabe el más descuidado lector de Foucault. Son formas de estar radicalmente fuera de nosotros mismos, terrenos de peligro, de inseguridad esencial. Por eso la sociedad ha codificado hasta la exasperación las formas de estar o no estar ahí (sea lo que sea ese "ahí").

 

Pero no son lo mismo, por supuesto. De ambos, la locura es el alejamiento más radical, porque no se trata, como en el sexo, de arrojarse en la inseguridad del otro, de expulsarse y ser absorbido por ese desconocido que está fuera de uno mismo, sino de ponerse directamente fuera de todos los demás, sin un otro que reciba, que admita, aun con peligro y dudas. Enloquecer es expulsarse más allá de todo contacto, convertirse uno mismo en lo extraño, en lo inasible.

 

Eso da miedo, mucho miedo.

 

En el fondo no es cuestión de domar la ansiedad, de combatir ese insidioso achatamiento del ánimo que es la depresión, o de equilibrar un temperamento abrumadoramente inestable. Se toman pastillas para alejar el terror a la locura, a ser diferente en serio, a ponerse más allá de cualquier diálogo posible. Porque si hay pastillas para distintas afecciones psiquiátricas es porque hubo antes una potente compartimentación de ese amplio territorio del malestar, porque nuestra civilización ha etiquetado cada parcela más o menos asequible del país del trastorno. Incluso se debate si algunas enfermedades psiquiátricas son enfermedades "en serio" o meras excusas para medicar(se).

 

Hablábamos del sexo y Foucault nos señalaba que también ese terreno ha sido objeto de disección y análisis, al punto de que, como nunca antes, necesitamos expertos que nos digan cuándo y cómo eyectarnos hacia ese vacío.

 

Es la "scientia sexualis", la exposición minuciosa del mapa sexual que apunta, sin lograrlo nunca, a negar lo desprotegidos que estamos al dar ese salto. Es el recetario para un viaje que, en rigor, no tiene formas ni reglas. Pero las necesitamos, desesperadamente. Por eso Alessandra Rampolla puede clasificarse también entre los antidepresivos de hoy.

 

La estirpe del Prozac es el ejército montado por Occidente contra las fuerzas oscuras de la incertidumbre. El psicoanálisis y otras terapias de diferentes formas y sabores presentan aún un peligro: el de afirmar, en última instancia, que hay ahí, dentro de nosotros, un agujero imposible de suturar.

 

Por eso el titular no es del todo inexacto: ese vacío nos aterra y tratamos de taparlo con pastillas. Pero el pozo no tiene fondo.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP