Sociedad 27-11-2007 - 575 Palabras

(Parricidios)

 

HIJOS QUE MATAN

 

Al tiempo parecen gustarle las simetrías y reiteraciones; a veces la coincidencia de hechos inconexos genera un efecto de ironía trágica que casi hace creer en un Dios afecto al humor negro o a los mensajes en clave. O a lo mejor es nuestro recorte de la realidad el que deja esas extrañas huellas.

 

Lo cierto es que acaba de cumplirse, por estos días, el aniversario del asesinato de Nora Dalmasso, en Córdoba, y otros dos crímenes, uno de ellos múltiple, en otras dos provincias argentinas parecieron unirse a la recordación. Uno es el asesinato de un hombre, su esposa y su hijito en Colonia Yeruá, Entre Ríos; el otro, la muerte de un comerciante en Esperanza, Santa Fe.

 

En ambos casos, los hijos de los hombres asesinados confesaron ser autores de los hechos, y no hay que perder de vista que, aunque la Justicia aún va y viene en el caso Dalmasso, el hijo de Nora es uno de los sospechosos, aunque al parecer en base a evidencias “leves”.

 

¿Qué lleva a un joven (hablamos en estos casos de adolescentes) a cometer el acto terrible, casi impensable de matar a su padre o madre?

 

No es difícil imaginar hipótesis.

 

La que operaría de comprobarse el caso en el de Nora Dalmasso la dejaremos de lado porque es bien conocida, particularmente truculenta y muy posiblemente falsa (aunque ciertamente opera, no sólo en esta columna sino en el imaginario colectivo, como núcleo de la coincidencia temporal a que apuntábamos al principio).

 

En los otros dos casos, las confesiones de los jóvenes victimarios nos permiten acercarnos a la génesis de esas decisiones fatales. Es dudoso que aprendamos algo de ello, pero podría ser.

 

El hijo de Giovanni Trabugio, un comerciante santafesino de 53 años, dio un motivo muy simple para haberle puesto una almohada en la cabeza y disparado con un fusil: el hombre, dijo, los maltrataba constantemente a él y a su hermanito, y decidió matarlo para que se acabara el infierno en que ambos vivían.

 

El crimen de Miguel Bressán, funcionario judicial entrerriano, y de su esposa e hijo (un bebé de apenas veinte meses) registra otra motivación: el abandono, el desamor. Al menos así lo sintió su hijo adolescente, quien irrumpió en el campo familiar de Colonia Yeruá con un arma de fuego y liquidó primero a la mujer y, luego, a su propio padre, y por último a su pequeño medio hermano.

 

Luego dijo que sólo quería matar a la mujer, María Celia Taleb, porque por culpa de ella (según la óptica del joven asesino) Bressán no se ocupaba de él y de sus tres hermanos. Al parecer, la negativa de su padre a ser visitado por ellos cuando estaba con su nueva mujer, más la poca atención en general que les brindaba, disparó en la mente del adolescente la idea que luego dispararía el arma.

 

Historias terribles, dolorosas. Son éstos los peores crímenes pasionales, los que en muchos casos nos hacen sentir tanto dolor por el victimario como por la víctima, o acaso más. Algo anda muy mal en una familia en la que todo acaba así. Y esta perogrullada es casi la única afirmación certera que podemos hacer sin meternos en cada infierno particular, sin conocer esas vidas tajeadas de dolor y de espanto.

 

Hay otra cosa segura, triste y tal vez igualmente obvia: no es en el tiro donde acaban estas historias.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP