Sociedad
04-12-2007 - 596 Palabras
(Sida)
CEGUERA Y PUNTAPIÉS
Parecería que no
quedan, ya, muchas luchas que nos involucren a todos. La bandera posmoderna de
la tolerancia es otra manera de decir que a cada uno no le queda otra que
convivir con las extrañas y un poco molestas aspiraciones de los demás, que
cada uno va por su carril y lo máximo a que puede aspirar es a no chocar a los
otros y a que los otros no lo choquen. Salvo lo trivial -el espectáculo, el
deporte, cosas que no le cambian realmente la vida a nadie- pocas causas hay
que nos unan en un frente común. Y las pocas que lo logran son blanco fácil de
aquella afirmación de que no nos confedera el amor sino el espanto.
En efecto, las
únicas causas que nos implican a todos, o al menos a una mayoría significativa,
son las del miedo. No hay mérito alguno en que todos nos unamos para combatir
el agujero en la capa de ozono, el calentamiento global o el sida; se trata de
una simple cuestión de supervivencia. De hecho, no es halagador para nuestra
especie el que nos tomemos tanto tiempo para decidirnos a enfrentar estos
problemas tan urgentes.
Precisamente hace
muy poco se celebró el día mundial de la lucha contra el sida. Como cada año,
se realizaron actos que intentaban concienciar acerca de la necesidad de
combatir esta afección de maneras impactantes y originales. Como cada año, se
difundieron cifras actualizadas que dan una dimensión del problema, pero que a
fuerza de ser repetidas tal vez nos han anestesiado.
Decir que
diariamente mueren unas 5700 personas por este síndrome o que unas 6800 se
infectan cada día es abstracto y suena casi a poco; tal vez lo veamos mejor si
recordamos que no hay un solo africano, de la edad que sea, que no tenga un
pariente o amigo enfermo de sida. La muerte de un décimo de continente a
mediano plazo no es algo que dé lugar a demasiados remilgos.
Y aun así... es
África, está lejos.
Nuestra ceguera
acerca de la terrible situación en África no es diferente de la que hemos
manifestado o manifestamos respecto de otros problemas, como los ambientales
apuntados más arriba. Necesitamos que nos pateen fuerte, demasiado fuerte, para
empezar a pensar y, luego, para empezar a hacer.
No es que no haya
habido avances, ciertamente; las autoridades, en la Argentina y el resto del
mundo, se han puesto más o menos en movimiento, con diversos grados de
compromiso y de éxito, y los especialistas advierten signos levemente
alentadores: en nuestro país, por ejemplo, el contagio de sida viene
disminuyendo desde hace varios años. No es poco, pero hace falta mantener y aun
acelerar el impulso: estamos patéticamente lejos de contener el mal, ni hablar
de erradicarlo.
La batalla contra
el sida no es una que estemos ganando, pero ya podemos sacar de ella algunas
conclusiones alentadoras. La principal: podemos hacer casi cualquier cosa si
realmente nos dedicamos a trabajar juntos para lograrlo. Esto parece una frase
sacada de un manual barato de autoayuda, pero realmente se trata de eso y de
nada más.
Los científicos
están haciendo su parte, buscando drogas que permitan mejorar la vida de los
infectados a la vez que intentan dar también con la vacuna que pueda revertir
la enfermedad. Nosotros, la gente de a pie, tenemos que hacer todo el resto:
deshacernos simultáneamente del prejuicio y del desprejuicio, no discriminar a
los afectados pero tampoco dejar que se multipliquen.
Como tantas cosas,
es difícil pero necesario.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP