Sociedad 18-12-2007 – 563 Palabras

(Vacaciones)

 

UNPLUGGED

 

"Desenchufarse". Ya de entrada, el verbo es engañoso y revelador a la vez. Engaña por la aparente facilidad que transmite su enunciación, revela porque habla de una necesidad constante de la que sólo hablamos para estas fechas, cuando la sociedad nos da una especie de tregua.

 

Ahora que todo el mundo (bueno, casi todo el mundo) prepara sus salidas veraniegas, ahora que se avizoran unos pocos días de descanso para la mayoría de los sufridos trabajadores argentinos, el ansia de desconexión alcanza niveles máximos. Basta de yugar, basta de agobio, basta de todo: paren el mundo, me quiero bajar.

 

No es algo nuevo, claro, pero tampoco es algo que haya existido siempre. El concepto mismo de vacaciones presupone una estructura social organizada en torno del trabajo asalariado, con espacios recortados de manera más o menos rígida para el ocio. Hay que trabajar tantos meses y luego, en cierta época, uno puede tomarse unos días para hacer lo que quiera o lo que pueda. En otras épocas era más simple: había gente que trabajaba todo el tiempo y gente que no trabajaba nunca.

 

Nuestra época, sin embargo, exacerba un aspecto particular de este esquema de descanso periódico, y es esta necesidad de tirar del enchufe del que hablábamos más arriba. Ha pasado mucho tiempo desde que Walt Whitman le cantara célebremente al cuerpo eléctrico de la humanidad y, en una apoteosis poética, prometiera electrizarnos "con toda la carga del alma". Era una celebración, pero también una amenaza aterradora: nada hay fuera del gigantesco cuerpo luminoso, no cabe en él ninguna sombra, ningún punto de oscuridad.

 

Desde entonces, las cosas no han hecho más que acentuarse hasta la exageración. El cuerpo de la civilización es realmente eléctrico, late día y noche a impulsos virtuales que no se acallan nunca: palabras escritas, susurradas, gritadas, imágenes felices o desdichadas, todo fluye invisiblemente en el aire hasta iluminarse al llegar al otro extremo. Hoy, "desenchufarse" es casi imposible.

 

Es conocida y habitual la paradoja: nos vamos al mar, al campo, a las sierras, y a las pocas horas de estar ahí, en la supuesta calma vacacional, nos agarra la ansiedad de la comunicación y recurrimos al celular, al email, al chat. En cualquier locación turística se puede encontrar al menos un cibercafé desde donde mantener el contacto con la matriz social, como un cordón umbilical eléctrico. Todos estamos enchufados, y tirar del cable resulta difícil y se parece a un suicidio.

 

Le traigo esperanza, querido lector. Desconectarse es como dejar de fumar: muy difícil, pero no imposible, y los resultados positivos se notan enseguida. Recuerde que no hay nadie esperándolo ansiosamente del otro lado de la pantalla. O mejor: está lleno de personas esperando a "alguien", pero no necesariamente a usted.

 

Nadie llora (bueno, a veces sí, pero no hilemos tan fino) porque un contacto determinado no se ilumine durante varios días en la lista del MSN Messenger o porque un nombre específico no aparezca durante ese tiempo en la bandeja de entrada o en la pantallita del celular. Hay siempre otra gente ocupando ese lugar, lo que puede ser deprimente pero también consuela si lo que uno busca es justamente no estar.

 

Además, nadie le pide que se recluya para siempre. Son un par de semanas nomás; recuerde (a menos que eso aumente su depresión) que las vacaciones se acaban enseguida.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP