Sociedad 08-01-2008 - 557 Palabras

(Accidentes - Automóviles)

 

EL LEGADO DE CHRISTINE

 

En verdad parece una maldición pero, por supuesto, no hay nada sobrenatural en operación, ninguna influencia de otro mundo es la causante de tantas muertes. Tal parece que los esfuerzos humanos por evitarlas chocan contra la propia desidia humana que continuamente apila cadáver sobre cadáver sin que haya modo de detenerla.

 

Hablamos de los accidentes de tránsito. Y hablamos de los accidentes de tránsito porque el cierre de las estadísticas de 2007 nos revela que el año que acaba de terminar fue récord en accidentes de carretera en la Argentina. Según un estudio privado, en el "año de la seguridad vial" la tasa de muertos por esta causa aumentó un 10%, hasta ubicarse en 28,5 muertos por cada 100.000 habitantes, casi el doble de la cifra registrada en los Estados Unidos. Y eso que venimos de campaña en campaña, con las autoridades intentando contener la situación y los conductores recalcitrantes ignorando todas las advertencias.

 

¿Maldición? Claro que no. Es una cuestión de responsabilidades individuales, de personas conscientes cometiendo errores y causando la propia ruina y la de otras.

 

En efecto, nada puede estar más alejado de la idea de una influencia maligna que la sucesión interminable de accidentes mortales debidos, mayormente, a la imprudencia o negligencia de los conductores de automóviles y otros vehículos de combustión interna.

 

Sólo lateralmente y en muy pequeña medida se puede culpar de ellos al gobierno: la inmensa mayoría de las tragedias ocurren en carreteras señalizadas, en buen estado, y a plena luz del día.

 

Hay quienes proponen solucionar el problema invirtiendo miles de millones en la construcción de autopistas inteligentes, pero la verdad es que ninguna autopista es más inteligente que quienes circulan por ella.

 

La transformación de alguna ruta en autovía de doble carril, por ejemplo, ha logrado disminuir la cantidad de choques frontales, pero ahora se producen muchos más despistes y la cantidad de muertos anuales, como hemos visto, no ha hecho sino aumentar.

 

Si uno está decidido a pisar el acelerador, no hay reforma que pueda detenerlo.

 

Lo que sí parece una maldición es el propio automóvil, cuya existencia no sólo ha traído la multitudinaria sarta anual de tragedias a lo largo y ancho del mundo (cada tecnología produce su accidente, dice más o menos Paul Virilio) sino que está incluso en el centro del deterioro ambiental y de los más virulentos conflictos bélicos de los últimos tiempos.

 

Es muy conocido el argumento de “Christine”, el libro de Stephen King llevado al cine y frecuentemente parodiado. Trata, vamos a decirlo en pocas palabras, de un auto maldito. Pero esto parece un oxímoron si pensamos en lo que hay detrás de cada auto que circula por las calles.

 

Decir automóvil no sólo es decir accidentes: es también decir contaminación, smog, especies extinguidas y es decir petróleo y, por lo tanto, petroguerras. Todo eso parece imparable, todo eso es la maldición que el invento más revolucionario en siglos ha echado sobre la modernidad y más allá. Parece mucho pero es el automóvil el invento que a su vez inventó nuestras ciudades y perfiló nuestra época.

 

Nosotros mismos somos, de hecho, un invento del automóvil. Es por eso que dominarlo resulta tan difícil y abandonarlo, directamente impensable, a pesar de que eso parece ser justamente lo que el mundo necesita con urgencia.

 

Sebastián Lalaurette

redaccion@agenciamp.com.ar

Agencia MP