Sociedad 15-01-2008 - 580 Palabras

(Grassi)

 

JUSTICIA POR TV

 

"No soy homosexual, ni siquiera pedófilo." Quien dijo esto, aparentemente sin ponerse colorado, es Julio César Grassi, probablemente el sacerdote más famoso de la Argentina. La frase puede ser un fallido, un tropiezo gramatical o una mala transcripción periodística, así que vamos a obviarla, a pesar de que resulta informativa a varios niveles. Lo que interesa es la situación en que fue pronunciada: una nueva autodefensa del cura en un programa de televisión, mientras el juicio oral en que deben ventilarse las acusaciones de abuso de menores por las que se lo investiga sigue postergado, quién sabe hasta cuándo.

 

La aparición de Grassi es, por una parte, extemporánea, al menos según los códigos mediáticos que elevan y hunden a personas y discursos según las incidencias noticiosas, y por otra parte responde a una estrategia defensiva que el sacerdote acusado mantuvo desde el inicio: apelar al juicio de la audiencia más que al de las instituciones formales. (No hay que olvidar tampoco que fue una investigación periodística televisiva la que, de modo espectacular, hizo trizas su imagen hasta entonces impoluta y llevó al proceso judicial que hoy soporta.)

 

Más allá de las sucesivas postergaciones del juicio y otros avatares de la causa, que los hay en todas y está muy bien, es necesario recordar que en los primeros meses del proceso Grassi intentó impugnar a todo el sistema de justicia y ser sometido al arbitrio de un tribunal popular, algo que, por supuesto, no existe hoy en la República Argentina ni siquiera como posibilidad.

 

"Tengo todas las pruebas para demostrar que es mentira", dice ahora de la acusación contra él. "A veces lloro por la impotencia, porque me resulta muy dura esta andanada de mentiras, de injusticias", dice a través de la pantalla. "Espero justicia, espero ser absuelto y terminar con esta persecución injusta", dice ante decenas o centenares de  miles de miradas.

 

Condenado por TV, Grassi ha decidido defenderse por TV, apelar por TV, recusar por TV. Tiene derecho a hacerlo, como todos, y el capital simbólico para hacerlo, como no todos. Grassi puede usar la pantalla para defenderse porque es Grassi. Y, sin importar los detalles de la investigación o el resultado del juicio, ésta es una asimetría innegable.

 

No hay, en la tele, garantías de imparcialidad, presunción de inocencia o debido proceso. Cada uno se sube a una tarima cuya altura depende de valores tan inasibles como la fama, el carisma, la credibilidad o el prestigio, valores que obviamente no pueden competir (en un tribunal de verdad) con el razonamiento sereno y la posibilidad de sopesar concienzudamente las pruebas y dichos en un expediente.

 

El intento ya pretérito de Grassi de cambiar la justicia realmente existente por otra, impartida por el pueblo, no parece ser sino una continuidad de su defensa mediática: una apelación a lo emocional más que a lo racional, la búsqueda de un ámbito donde tengan peso factores que el sistema judicial está (criteriosamente) diseñado para descartar.

 

El juicio oral contra el sacerdote está llamado a concitar una gran atención, cuando finalmente tenga lugar. Es seguro que la decisión del tribunal no va a satisfacer a todos; también es cierto que no es ésa la función de un órgano judicial. Entretanto, este caso es un buen ejemplo de lo divergentes que suelen ser los caminos de la justicia y los de la televisión, ese tribunal popular autoasumido pero siempre culposo, en abierto conflicto con su propia condición.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP