Sociedad 05-02-2008 - 556 Palabras

(Mellizos)

 

EL ASOMBRO DE NARCISO

 

El caso de los mellizos ingleses que se casaron entre sí porque ignoraban su parentesco tiene ese ingrediente truculento que hace que a uno le corra un escalofrío por la espalda. Como la historia de Edipo, como cualquier caso de incesto involuntario, despierta en nosotros el rechazo primordial a violar ese tabú por simple ignorancia, es decir la sensación de que a cualquiera puede pasarle algo así. Y no estamos errados al pensar eso.

 

Si bien los detalles que se divulgaron son escasos, se sabe que ambos fueron separados poco después de nacer y criados por diferentes familias que no les contaron de la existencia del otro. Y que sólo se enteraron de que eran hermanos después de haberse casado. Y que el matrimonio fue anulado por la Justicia, que lo consideró inválido desde el principio.

 

La historia plantea problemas de diversa índole (qué hacer con el amor una vez que ha nacido, cómo lidiar con lo prohibido si ya se ha traspasado la línea, qué es la identidad cuando se ha hecho el amor con un hermano prácticamente igual a uno, qué significa la familia en este contexto, qué puede pasar si nace un hijo), pero hay un punto en que la cosa se vuelve realmente incómoda: la existencia inicial de una fuerte atracción entre ambos, la pasión que los llevó a casarse en primer lugar.

 

"Sintieron una atracción inevitable", dijo lord David Alton al presentar el caso ante el Parlamento británico. Y tiene que ser verdad: cada uno tenía allí a otro tan parecido a sí mismo, un espejo tan fiel, que no hay manera de que no se haya sentido atraído por ese otro.

 

La frase de Alton revela mucho. Porque pone en negro sobre blanco algo que no siempre estamos dispuestos a aceptar: que lo que más nos atrae somos nosotros mismos.

 

Toda la estructura social está basada en conceptos que implican una inevitabilidad del otro, del extraño. De la necesidad del intercambio entre familias, clanes, comunidades nace el tabú del incesto. La fuerte prohibición moral surge de una necesidad política vital: para construir algo entre muchos hay que separar a los pocos. La infelicidad de un matrimonio arreglado, la soledad del solterón, el síndrome del nido vacío, son males despreciables al lado del requisito básico de la organización social. Pero ésta es justamente una razón social, no biológica. El cuerpo o la mente, por sí solos, no parecen estar determinados por esa razón.

 

Aun en el caso de las parejas "normales" digamos, el otro es tan irresistible porque en el fondo se me parece: busco en él, o ella, los rasgos que lo, o la, convierten un poco en mí (los enamorados tienden a encontrar montones de cosas en común con la persona amada). Todas nuestras nociones de altruismo, empatía, solidaridad, chocan contra la evidencia presentada por este caso, que, según se sabe, no es único. Nada hay más atractivo para una persona que un mellizo, es decir una copia de sí misma.

 

Narciso, cuenta la leyenda, se ahogó en un espejo de agua cuando quedó demasiado prendado de su propia imagen como para mantenerse lejos de ella. Pero en la vida real Narciso no muere: toma conciencia de su condición y se asombra y probablemente no sabe qué hacer con ello.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP