Sociedad 26-02-2008 - 597 Palabras

(Longevidad)

 

VIEJAZO MUNDIAL

 

Las noticias muy buenas se dividen en dos clases: las que son demasiado buenas para ser verdad y las que son la contracara de alguna otra noticia horrible. En esta última clase se encuadra una realidad comprobada últimamente por los datos científicos: cada vez vivimos más.

 

Los números son tan elocuentes como la experiencia directa: en un siglo, la población estimada de personas mayores de cien años aumentó 400 veces. Hay 3500 de estos afortunados sólo en la Argentina, unos 200.000 en todo el mundo. En las próximas décadas habrá cuatro veces más ancianos de ochenta años o más que los que viven hoy.

 

La gerontología es una disciplina en auge: hay cada vez más viejos muy viejos que requieren atención especial y su peso en la pirámide poblacional es cada vez mayor. En efecto, como país, la Argentina está envejeciendo: no nacen suficientes niños como para equilibrar el promedio de edad, a medida que la gente muere a edades más avanzadas. Uno de cada siete argentinos tiene más de sesenta; el panorama se repite en otras latitudes, el viejazo es mundial.

 

Que la expectativa de vida aumente tanto es sin duda algo muy bueno, pero, como apuntábamos arriba, también puede ser algo muy malo. Los jubilados presionan durante más tiempo sobre los sistemas previsionales porque pasan más años entre que dejan de trabajar y abandonan este mundo; la proporción entre activos y pasivos disminuye a ojos vistas y ya hay cajas que registran mayor cantidad de beneficiarios que de aportantes.

 

Entre esto y la pesadilla maltusiana de la escasez de alimentos por exceso de población sólo hay una diferencia de grado: menos dinero para repartir equivale a menos posibilidades para cada uno de llenar la panza.

 

No acaba ahí la cosa: también el sistema de salud se ve presionado por la mayor cantidad de ancianos, ya que es justamente en los últimos años de la vida cuando una persona requiere más medicamentos y cuidados.

 

Sin embargo, nos negamos a morir, por supuesto. Decir “cada vez vivimos más” también es decir: Cada vez nos resistimos más, cada vez tardamos más en tirar la toalla y dejar libre el lugar al que nos sigue.

 

Quien haya leído “Los vitanuls”, el célebre cuento de John Brunner, habrá quedado indudablemente impresionado ante esta verdad. Si bien el argumento del cuento de Brunner (que no revelaremos aquí) es fantástico, el problema que toca es demasiado real para que el texto no resulte incómodo.

 

Ante la catástrofe demográfica que ya se registra en varios puntos del globo, plantearse un aumento de la natalidad para equilibrar la balanza poblacional significa reemplazar un problema por otro, acaso peor. Tal vez sea hora de proponer una ética radicalmente nueva, una que requerirá tanto esfuerzo como la del cuidado de la ecología o más: deberíamos asumir la responsabilidad de morir a tiempo.

 

Lo dicho va contra los principios más arraigados en nuestras mentes: atenta no sólo contra el instinto de conservación sino contra el principio del placer y el ansia de inmortalidad, real o figurada. Quitarle tiempo a una vida que siempre es corta se parece mucho a un suicidio. Sin embargo, a lo mejor es bueno verlo como una inmolación pacífica en aras de los demás: cada ausencia beneficia a la humanidad en su conjunto, tanto como los avances en la medicina o en el tratamiento de residuos.

 

Es una utopía extraña, ciertamente, la del decir basta cuando el cuerpo y la mente aún tienen cuerda para rato. Pero llegará, tal vez, el momento de plantearse su consecución.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP