Sociedad 18-03-2008 - 567 Palabras

(Provincia – Capital)

 

EN LUGARES DISTINTOS

 

Sea cual sea la modalidad en que se dé, la relación entre centro y periferia siempre es problemática. Diferencias culturales, disparidades económicas, oportunidades divergentes, demandas asimétricas, cada nivel de encuentro plantea posibles conflictos. También promete maravillas (cooperación, mestizaje, sinergia cultural), pero la tensión es permanente, los problemas acechan a cada paso.

 

No hace falta pensar en los Estados Unidos y su vecino pobre del sur, México, o en la siempre complicada relación entre España y esta patria hija para advertir la constante potencialidad de choque que implica esa coexistencia. Basta pensar apenas en las dos Buenos Aires, la ciudad y la provincia, los polos de una ecuación que nunca se compensa.

 

Oyendo algunos argumentos u observando algunas actitudes en la situación de encuentro individual o colectivo, parecería que hay algo intrínseco a ser porteño o a ser suburbano, algo que se lleva en la piel o en la sangre pero, por supuesto, no es así. Las asimetrías surgen de esa topología centro/periferia, conflictiva de por sí, pero inevitable. No somos distintos pero estamos en lugares distintos y eso pesa.

 

No son solamente motivaciones políticas y económicas las que llevan a Mauricio Macri a querer cerrar los hospitales porteños a la afluencia de pacientes bonaerenses, ni las que hacen que la provincia responda queriendo imponer condiciones más duras (léase belicosas) para la entrada a su territorio de la basura de los ciudadanos de la metrópoli. Hay, además de la coyuntura, una especie de afán previo de demarcación, de trazado de fronteras más allá de lo geográfico.

 

En efecto, es cierto que los hospitales porteños se llenan de pacientes procedentes del Gran Buenos Aires y también es cierto, como se ha difundido recientemente (y no sin intención), que en muchas escuelas de la ciudad un tercio de la matrícula corresponde a alumnos bonaerenses. Por no hablar de la cantidad de ciudadanos de la provincia que trabajan en empresas, comercios, dependencias oficiales, etcétera, etcétera ubicados en la ciudad. Todo esto no habla precisamente de una invasión, aunque muchos puedan verlo así, sino de un proceso complejo y lleno de matices positivos y negativos.

 

Los bonaerenses no son precisamente extraños en un territorio ajeno. Además de empleados, pacientes y alumnos, son hermanos, novios, esposas, hijos, abuelas, sobrinos de los porteños. O son ex porteños o futuros porteños. O los porteños son ex bonaerenses.

 

Hay quienes pagan impuestos en ambas jurisdicciones y quienes pagan impuestos en una, pero aportan su fuerza productiva en la otra. (Queda fuera de este análisis la constante atribución a la provincia de la problemática de la inseguridad también en la ciudad, simplemente porque lleva a una discusión fascista.)

 

Decir esto no es una apelación trivial a la hermandad, a deponer las armas y hacer como si los conflictos no existieran o pudieran resolverse sólo con buena voluntad, sino para señalar que las demandas de unos y otros se sustentan en realidades ambiguas, entrelazadas, imposibles de soslayar.

 

Hay formas y formas de ser otro. Una de ellas es ser de otro lugar. Pero es muy diferente ser, digamos, un suizo de visita en Buenos Aires que ser alguien que viaja diariamente desde Quilmes o Burzaco. No gastaremos aquí la frase "falsas antinomias": se trata de contradicciones verdaderas, omnipresentes. La cercanía, la suburbanidad por decirlo así, plantean de movida una serie de diferencias y de problemas. Lidiar con ellos requiere lucidez.

 

Sebastián Lalaurette

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