Sociedad 25-03-2008 - 556 Palabras

(Inundaciones)

 

MÁS TRISTE QUE TODO

 

Más triste que en un florero, colgante y mustia, una rosa.

 

Autos tapados por el agua, casas visibles sólo a medias, gente vadeando arroyos que antes no estaban ahí. Muebles arruinados, combados, pedazos de madera flotando en la corriente. Remolinos sucios en lo que antes eran esquinas. Libros convertidos en una pasta informe y anónima. Cadáveres metálicos de lo que fueron heladeras, lavarropas, televisores. Puertas inútiles, ventanas que a un lado y a otro dejan ver más o menos el mismo panorama. Ropa a la deriva. Vidas a la deriva. Estar inundado es un poco como estar muerto.

 

Más triste que, en jaula hermosa, encontrar muerto un jilguero.

 

Gente sentada sobre techos. Gente subiendo a lanchas, botes. Abandonando casas. Gritos, llantos, resistencia, resignación. Rutas cortadas por el agua y otras por piquetes de desposeídos. Familias como escaleras: papá, mamá, hijo, hijo, hija, hija, hijo, hija. Frío bajo la ropa mojada, frío en las piernas y la cara. Suben a las lanchas, a los camiones. Evacuados. No quieren irse: temen no ser los primeros en volver. Pero se van.

 

Más que noche sin lucero.

 

Oscuridad. Un paisaje irreconocible. Agua negra, un petróleo sin riqueza alguna. Linternas que proyectan sobre ella haces mínimos, revelando fugaces elipses marrones. Destellos blancos: metal, papel, plástico, tela, toda la sustancia de la vida arrastrada, irrecuperable. El sonido del agua, de motores sobre el agua; chapoteos, llamadas, silbidos. Quietud. No queda nadie, pero hay que asegurarse.

 

Más que tarde cuando llueve.

 

La lluvia que no para sobre los pueblos inundados. El cielo plomizo, la tarde silenciosa, el repiqueteo incesante de agua sobre agua. La espera interminable de los evacuados, alineados entre mantas contra paredones despintados, en escuelas o salones o canchitas techadas. El mate cocido que circula cada tanto, el arroz, los fideos, los colchones repletos de hijos y provisiones rescatadas de la casa anegada. Afuera llueve, adentro humea.

 

Mano falsa o beso aleve.

 

Y otra gente. La misma que cada semana reparte bolsones de comida, la misma que consigue ladrillos o créditos. Ahora bloquea la llegada de la ayuda, se apropia de colchones y frazadas para repartirlos a su criterio. Hay que hablar con ellos para conseguir algo, o mejor callarse, bajar la cabeza. Son dueños, no se sabe bien de qué en medio de toda esta desolación y esta nada, pero dueños al fin. Y hay otros, claro. Los que repiten explicaciones a granel, como el año pasado, como el anterior. Los mismos de entonces o los que los siguen, los que aseguran que ya no pasará, que estas postales son cosa del pasado. Los evacuados, si hay televisor, los miran. Y callan.

 

Más triste que todo, en fin.

 

El poema de Fernández Moreno parece escrito para reflejar esta tristeza universal, pero no alcanza. Los rostros de los inundados se vuelven indescifrables, carecen de palabras y también quien los mira. Todo sobra ante el eterno retorno de lo mismo, es decir del agua que se lleva todo, año tras año, sin piedad ni rencor.

 

Se habla de hectáreas, de multitudes, de millones, pero no hay sentido en esas cifras. El único número posible es el uno: un año más, un golpe más, una vez más que hay que empezar. No hay más cifras para el dolor de haberlo perdido todo... otra vez.

 

Sebastián Lalaurette

redaccion@agenciamp.com.ar

Agencia MP