Sociedad 08-04-2008 - 566 Palabras

(Violencia escolar)

 

MONSTRUITOS

 

Si hay realmente en este mundo alguien que goce de la presunción de inocencia, son los niños. Es así, incluso, frente a un cúmulo creciente de evidencias en contrario: los ponemos constantemente en el lugar de una inocencia que no tienen, que es relativa y frágil y hasta ficticia. O que al menos no se contradice con la posibilidad de violencia, incluso muerte.

 

No hace falta remitirse a los numerosos casos de delincuencia juvenil que se van conociendo día a día: en ellos casi siempre operan factores que tienen que ver justamente con la destrucción temprana de esa presunta inocencia, como la marginalidad o una familia desintegrada, pero estos factores no son imprescindibles para que se produzcan estallidos que muestran hasta qué punto la niñez está surcada por los mismos miedos, horrores y peligros que la adultez. Basta con tomar algunos ejemplos de lo que ahora se llama "violencia escolar" para darse cuenta de que no son la calle, la noche o la pobreza los únicos disparadores posibles de tal violencia.

 

Últimamente se han sucedido varios de estos terribles hechos, algunos dentro del aula, otros fuera. Dos terminaron fatalmente.

 

Uno de esos casos fatales es el ocurrido en Villa Gesell, donde un alumno de una escuela media, de diecisiete años, mató a cuchilladas a otro, de dieciocho, por una discusión estúpida. Otro sucedió días después en Misiones. Fue muy parecido (discusión, puñaladas, muerte) y sólo varía la edad de los protagonistas: quince años el agresor, dieciséis el muerto.

 

Los otros incidentes no desembocaron en muertes pero en algún caso podría ser casualidad. En una escuela de San Isidro y otra de Mar del Plata, en los últimos días, sendas alumnas fueron atacadas y heridas por sus compañeras, una a golpes, la otra con una trincheta. Y en dos escuelas platenses, dos chicos, uno de doce años y otro de dieciséis, agredieron a sus docentes hace muy poco.

 

No hay manera de seguir sosteniendo una imagen de los niños como criaturas candorosas alejadas de la peligrosa realidad de los adultos. Ellos viven el peligro, crecen en medio de él, y hasta se lo apropian.

 

Porque falta detallar el caso más notable, ocurrido hace pocos días en los Estados Unidos: quién sabe si inspirados en alguna película o novela de misterio, un grupo de chicos de nueve y diez años planificaron cuidadosamente el asesinato de una maestra que había castigado a uno de ellos, un plan que incluía un pisapapeles, un par de esposas, cinta de embalar, un revólver de juguete y un cuchillo de cocina.

 

Es imposible atribuir esto solamente a la marginalidad o a una situación familiar complicada. Tampoco es creíble la explicación del jefe de policía local, que dice que los chicos no entendían bien lo que estaban haciendo y seguramente esperaban que la maestra, después de ser asesinada, se levantara y siguiera con su vida. Estos monstruitos están, han estado durante años, expuestos a la posibilidad de la muerte. Poca inocencia hay en eso.

 

Es notable que, después de tanto tiempo, sigamos pensando a los chicos como criaturas encapsuladas en un mundo de fantasía, ajenos a la violencia, la sexualidad y el desencanto. Los pensamos locamente fuera de contexto y, claro, estos hechos nos sorprenden cada vez como si fuera la primera. Los pensamos como no son, donde no están y desde lejos. Ellos necesitan otra cosa.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP