Sociedad 15-04-2008 - 559
Palabras
(Justicia)
LA NECESIDAD DEL ABSURDO
¿Hasta qué punto la ley es superior a la justicia? Ciertamente, la pregunta
es extraña, pero de ningún modo incomprensible. Formulémosla de otra manera:
¿en qué medida la letra legal debe primar sobre el evidente espíritu del
sistema social destinado a castigar a los delincuentes y compensar a sus
víctimas?
No es una cuestión simple, ya que en cuanto se abre el juego a la
interpretación de lo que es ese espíritu aparecen las divergencias: el sistema
judicial actúa siempre por imposición, probablemente no haya sentencia en el
mundo que pueda dejar satisfechos a todos.
Los abogados son expertos en atribuir a los jueces los
caracteres de la arbitrariedad, la irreflexión y la parcialidad, y la única
defensa posible para estos ataques (que suelen provenir, en los casos de
conocimiento público, también de la gente en general) es refugiarse en la letra
de la ley, que para algo está, y que tiene o debería tener un carácter casi
sagrado. Ella se sostiene incluso en abierta contradicción con el sentido
común.
Y sin embargo, preguntémonos de nuevo: ¿hasta dónde?
Usted ya habrá adivinado, estimado lector, que si formulamos esta pregunta
ahora es porque un caso particular nos lleva a pensar en ella; porque la ley
escrita y nuestra noción de justicia, en suma, colisionan de algún modo. Y no
se equivoca.
En una decisión inspirada en los procedimientos legales vigentes, pero
sorprendentemente alejada de lo que cabría esperar de acuerdo con el buen
sentido, el juicio a un policía acusado de asesinar de un balazo en la nuca a
una niña de catorce años quedó nulo porque en el fallo del tribunal (que
condenaba unánimemente al imputado) figuraba la calificación dada al hecho por
una jueza, pero no la adhesión de los otros dos miembros del cuerpo a esa
evaluación.
El tribunal superior podría haber tomado otra decisión más razonable, pero
lo que hizo fue declarar nulo el proceso y disponer que empiece de nuevo. El
hombre volverá a ser juzgado por lo mismo por lo que había sido condenado en
forma unánime, los testigos tendrán que volver a prestar declaración, a
recordar el terrible hecho, a señalar al acusado.
Si parece un cuento surrealista es, paradójicamente, porque sólo la
realidad produce estas situaciones. En la base está la rigidez de los
procedimientos legales, que tiene su razón de ser: como decíamos más arriba,
apenas se relajan las cosas se abre la puerta a la ambigüedad, madre de
situaciones mucho peores.
Pero hasta la ley escrita brinda posibilidades interpretativas, y piénsese
si no en que la Constitución Nacional, el fundamento de todo nuestro sistema
legal, todavía requiere que el Presidente avise al Congreso cada vez que va a
salir de la ciudad de Buenos Aires, y nadie se hace ningún problema porque esta
disposición magna sea sistemáticamente violada.
Además de todo, está el dolor. El de los familiares de Camila Arjona, una
víctima cuya muerte parecía vengada, que se encuentran repentinamente con que
todo lo que se dijo durante el juicio cayó en saco roto por un formulismo
absurdo. Que todo el peso de la justicia haya caído sobre el acusado, pero que
a la vez eso no signifique nada ante el olvido de una frase de circunstancias,
no es precisamente alentador para quienes buscan la relativa reparación de lo
irreparable.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP