Sociedad 22-04-2008 - 569 Palabras

(Humo)

 

SMOKE GETS IN YOUR EYES

 

En los últimos días no les hizo falta, a quienes sostienen que todo fenómeno puede registrar impactos inesperados, apelar al discurso de “lo global” o a la metáfora del efecto mariposa. No hubo que dar ejemplos históricos o asimilar situaciones aparentemente no relacionadas. Resultaron innecesarios los gráficos y las estadísticas que muestran que todos estamos en el mismo barco. La inextricabilidad del mundo, la evidencia del entramado continuo de causas y efectos estaban ahí, en la calle, en casa, en la pantalla del televisor: en esa humareda que de pronto había invadido las ciudades, convirtiéndolas en paisajes casi alienígenas.

 

¿Qué había pasado? No mucho, en realidad. Es decir, mucho, pero nada demasiado nuevo. Se incendiaban unas setenta mil hectáreas de pastos en la zona isleña del norte bonaerense y el sur entrerriano y santafesino, y gracias a la acción del viento, que justo soplaba para este lado, la Capital Federal y el Gran Buenos Aires habían quedado inmersos en una enorme masa de humo que dejó chiquito al granizo de 2006 y le ganó, al menos en duración, a la nieve de 2007.

 

Todo el mundo hablaba del humo: en el ascensor, en la oficina, en la escuela, en la parada del colectivo, en la del taxi, en el bar, en la plaza, en el club, en el gimnasio, en el dormitorio, en cada punto del paisaje urbano atacado por esa silenciosa música gris.

 

Atacado, decimos, porque por momentos las ciudades humeantes semejaban zonas de guerra. Uno esperaba oír en cualquier segundo los ruidos sordos de las explosiones entre lo que aparentaban ser escombros. Y ante el tremendismo de la cobertura periodística constante del fenómeno, uno no puede menos que preguntarse, con Diego Rottman(1), cómo sería si una bomba atómica fuera lanzada sobre Buenos Aires.

 

Hay que decir, sin embargo, que lo que pasó sólo es inusual en parte. Es deliciosamente irónico que, tan meneada como ha sido por estos días la metáfora del humo como cortina que ayuda a tapar lo que no se quiere ver, la súbita contaminación de la Capital haya servido justamente para destapar lo que venía sucediendo desde hace tiempo sin que los porteños o, para el caso, los habitantes de casi todo el país pensaran un segundo en ello.

 

La transparencia también oculta y niega: el aire puro de siempre nos impedía ver que los incendios de campos y pastizales en la zona de las islas son un fenómeno periódico, y que los habitantes de Zárate y la zona aledaña sufren año tras año el asedio del humo proveniente de esos incendios, mayormente intencionales.

 

“No se puede respirar.” “No se puede dormir.” “No se puede estar.” Los moradores de la triple frontera entre Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe vienen respirando, durmiendo y estando desde hace mucho tiempo, a veces con humo, a veces no.

 

“Smoke gets in your eyes”, o “Hay humo en tus ojos” según la traducción que nos tocó en suerte, cantaban Los Plateros (bueno, The Platters) allá lejos y hace bastante. El humo que nos ha entrado en los ojos, en la nariz, en la boca, en las orejas, en el ombligo y en el alma puede haber servido para que entreveamos, a través de la bruma surreal, a nuestros vecinos: los de la otra cuadra, los del otro barrio y los de la otra provincia.

 

(1) http://www.malaspalabras.com/%c2%bfhumo-en-buenos-aires-%c2%bfy-si-cayera-una-bomba-atomica/

 

Sebastián Lalaurette

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