Sociedad
06-05-2008 – 599 Palabras
(Hombre
– Mujer)
TENAZAS
Chascos pretéritos nos obligan al
escepticismo, pero no se puede negar que la imagen es impactante: Thomas
Beatie, a todas luces un hombre, ostentando una panza inflada que sólo puede
reconocer un origen. Uno sospecha producto del Photoshop, pero parece que no,
que la foto es auténtica nomás. El de la mirada beatífica es, sí, un hombre: un
hombre embarazado. Y no proviene de las Filipinas.
Bueno, no, en realidad no es un hombre, si
tal afirmación puede hacerse todavía sin temor en este mundo políticamente
correcto. Thomas Beatie solía ser una mujer; lo es todavía, en algún sentido
que otrora fuera el único. Para sortear la censura social, digamos que aún
conserva el aparato reproductor femenino con que nació, aunque su barba y su
pecho autoricen a la confusión.
La historia, publicada en la revista The Advocate, orientada a las minorías
sexuales, es más o menos así: primer acto, una mujer norteamericana se opera
para suprimir sus pechos y se somete a un tratamiento con testosterona para
aproximarse a la condición de hombre; segundo acto, esta mujer/hombre y su
pareja (mujer) buscar tener hijos, pero ella (la pareja) no puede concebirlos;
tercer acto, es la mujer convertida en hombre la que gestará al bebé. Se trata
de Beatie, claro, y de su pancita.
Está todo el contexto de tensión, rechazo y
dificultad de la cosa, desde un primer intento fallido tras el paso por el
banco de esperma hasta la oposición de la familia, los conocidos y hasta los
médicos. Cada obstáculo, bien o mal, fue superado.
Y ahí está: un hombre embarazado. O no. Es
principalmente una cuestión de lenguaje.
La corrección política se encuentra aquí con
un obstáculo de pesadilla: cuesta saber si debemos referirnos a una mujer
embarazada con aspecto masculino o, en fin, a un hombre “atrapado” en un cuerpo
de mujer que decidió que ese cuerpo no era el que le correspondía; es necesario
hacer la distinción para aclarar que la maravilla no es tal, o no lo es en el
sentido en que lo parecía, pero el empobrecido lenguaje de la “tolerancia” se
resiste a fórmulas más biológicas.
“¿Cómo se siente ser un hombre embarazado?
Increíble” , dice Beatie en el artículo que escribió para The Advocate. “Más allá de que mi vientre esté creciendo con una
nueva vida, estoy estable y confiado siendo el hombre que soy.” Pero es que no
lo es, al menos no en el sentido en que sería un milagro.
La paradoja es producto del increíble avance
científico y técnico de las últimas décadas, apenas un puñado de arena en la
inmensa playa de la historia. Es así incluso para el más escéptico: sea o no
auténtica la foto de Beatie, sólo en nuestro tiempo resulta factible tenerla
ante nuestros ojos.
Suponiendo, en efecto, que la imagen sea
falsa, ¿qué es el Photoshop sino la más aterradora herramienta de recreación de
la realidad, qué nos deja más inseguros que la maleabilidad del testimonio
fotográfico? La ciencia nos ha puesto donde estamos y, ya en el baile, no queda
otra que bailar.
Dicho esto, y asumiendo una vez más que no es
un chiste y que la historia de Beatie es real, sería bueno, entre todas las
reflexiones que dispara el caso, dedicar unos minutos a la que sugiero más
arriba: entre tantas cosas sorprendentes con que la continua revolución
tecnológica nos desequilibra día a día, se vuelve necesario distinguir el
asombro real del artificial producido por el lenguaje, el principal instrumento
humano. Sería bueno aflojar un poco las tenazas que lo apresan.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP