Sociedad 27-05-2008 - 596
Palabras
(Pibes chorros)
ANTI
"¡A los antichorros hay que matarlos!"
Es reconfortante pensar que todo puede cambiarse; que con amor, preparación
y buenas ideas es posible revertir situaciones que parecían irreversibles,
curar las heridas, achicar las distancias. Pero cuando uno escucha frases como
ésta todo parece ilusorio. Frases como ésta dan testimonio de lo profundo del
abismo que nos separa, de la violencia a flor de piel en las calles y demás
espacios comunes (canchas, bares, discos, clubes).
El que grita frente a la cámara de televisión es un joven, un adolescente apenas:
a todas luces un "pibe chorro", denominación que, contrariamente a lo
que usted podría pensar desde su lugar de clase media lectora de columnas de
opinión en diarios, no es peyorativa para ellos. Es, en rigor, una marca de
identidad, una marca orgullosa.
En algún momento ser "chorro" perdió el aura de vergüenza
esencial que alguna vez tuvo; algún día fueron más los que se asumieron como
tales sin atisbo de culpa pero sí con un claro rencor de fondo. Las razones de
este fenómeno son demasiado complejas como para agotarlas en este breve escrito
pero seguramente no es casual que se trate de niños: muchos, muchísimos
"pibes chorros" son hijos de padres que nunca tuvieron otra forma de
vida que el delito y que no pudieron transmitirles la idea de que es necesario
ganarse la vida de una forma honrada.
Muy por el contrario, ideas como ésa suenan extrañas a los oídos de estos
jóvenes que reivindican el saqueo y la violencia como un derecho. No
necesariamente es verdad que un joven se vuelve "pibe chorro" por
mero impulso de la necesidad. Nos gustaría verlos como personas que no han
tenido más remedio que caer, bien a su pesar, en el hábito deplorable de la
delincuencia.
Pero no es así. No es así, al menos, para el adolescente que grita ante una
cámara de televisión que a los "antichorros" hay que matarlos. Ahí
opera una ética que no es la nuestra: está bien robar, está mal condenar el
robo y, como esa condena nos ataca, está bien matar al que la pronuncia.
Es difícil saber quién le declaró primero la guerra a quién; lo que es
seguro es que ellos, muchos de ellos, se sienten en guerra. Contra la policía,
sí, pero también contra quienes (razonablemente, dirá usted) apoyan la
represión y prevención del delito.
Es difícil delimitar la noción de "antichorro" pero probablemente
nos incluya a usted y a mí. Todos (ellos y nosotros) estamos en peligro.
Sería mucho más agradable y políticamente correcto escribir esta columna
sin hablar de "ellos" y "nosotros"; sin marcar esas
divisiones profundas de que hablaba al principio. Pero ese "anti" es
demasiado real y duele demasiado. La brecha social que implica no se cerrará
con voluntarismo o palabras moderadas. (Tampoco con palabras inmoderadas, por
supuesto.)
¿Qué hacer con esto? Tampoco daremos, en este breve texto, con la solución.
Obviamente vamos a apelar a la paz, a la distensión, y vamos a oponernos al
reclamo contraproducente de baja de la edad de imputabilidad y aumento de
penas. Pero todas estas apelaciones sólo tienden a que las cosas dejen de
empeorar. Para producir una mejora se necesitan reformas, tarea social,
contención, estímulo al trabajo, reconstrucción de una identidad comunitaria:
en definitiva, se necesita Estado.
Pero no vamos a terminar con ese lugar común: para que el Estado aparezca
hace falta interés en que aparezca, y tal interés no se nota a simple vista. Las
cosas no mejoran porque, como sociedad, no nos importan lo suficiente.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP