Sociedad 10-06-2008 - 568 Palabras
(Iglesia)
TODOS APESTADOS
Cada vez que la Iglesia (cualquier Iglesia,
pero en nuestro caso la Católica, la que sostiene el Estado argentino con apoyo
material y simbólico) eleva el estandarte del “aggiornamiento” sabemos que va a
producir un documento fatalmente anacrónico. Sus intentos por adaptarse a los
cambios del mundo seglar llegan siempre tarde, suenan siempre desfasados,
precisamente propios de otro mundo.
Es natural: no sólo es difícil producir
reformas en el seno de un cuerpo tan ingente (¿cuántos millones, cuántos
cientos de millones de católicos hay en el mundo?), sino que estamos hablando
de una institución cuya autoridad se enraiza en el sostenimiento de supuestas
verdades eternas. La noción de “actualización” choca frontalmente con la
esencia de toda religión y por lo tanto cualquier movimiento en ese sentido
debe ser necesariamente mínimo, un pasito apenas.
Ahora la Iglesia nos dice que hay nuevos
pecados, los “pecados sociales”. Pero el contenido de la lista no puede
producir más que dos sensaciones: decepción al notar que las faltas mencionadas
incluyen cosas que obviamente siempre supimos que estaban mal, como destruir el
planeta, o indignación por contraste al caer en la cuenta de que se trata de
cosas que hasta ahora todos pensábamos que eran verdaderos pecados excepto la
propia Iglesia.
Dañar el medio ambiente, producir asimetrías
sociales mediante la acumulación de riqueza, fomentar la corrupción política,
traficar drogas... son actitudes condenables desde siempre. Ahora nos invitan a
descubrirlas como algo nuevo. (En buena hora nos invitan a descubrirlas, podría
decirse desde un punto de vista más optimista: en buena hora los más
acaudalados representantes, algunos de ellos, de la derecha católica vienen a
enterarse de que su Dios no ve con buenos ojos la insensata acumulación de
dinero que jamás llega a las manos de los mendigos que duermen en las calles.)
La nueva lista de “pecados sociales” (que por
alguna extraña razón incluye a la bioética) procede de una observación atinada:
la globalización hace que todos influyamos más unos en otros y que tengamos,
por tanto, una incrementada capacidad de dañarnos. De hecho, la observación es
tan atinada que todo el mundo había caído en la cuenta de ese fenómeno hace ya
mucho tiempo, empezando por Albert Camus en “La peste” (1947), cuando hace
decir a Tarrou que todos estamos apestados, que todos llevamos el mal en
nosotros mismos y que “en este mundo no podemos hacer un movimiento sin
exponernos a matar”.
Lo natural, lo dado, el estado por defecto,
es el microbio, dice Tarrou, dice Camus. Es el verdadero pecado original que
nos acompaña siempre, Dios o no Dios: la intrincada red de las dependencias
humanas, el choque siempre posible, el efecto mariposa. La única manera de no
verlo hoy en día, en nuestra época de ciudades y televisión y autopistas y
rascacielos y escuelas superpobladas e Internet, es un abandono premeditado de
la conciencia.
En fin, nada de esto importa mucho: en
términos generales, en ninguna época la gente ha dejado de pecar porque la
Iglesia se lo dijera; la cuestión reside en la ética individual, en la mente de
cada uno.
Más allá de su poco eficiente rol normativo,
las religiones deberían servir como dispositivos de contención, de esperanza y
de colaboración desinteresada; los “aggiornamientos” anacrónicos son
absolutamente secundarios en un mundo en el que jamás podrá haber demasiadas
apelaciones al viejo mandato de amarnos los unos a los otros.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP