Sociedad 24-06-2008 - 554 Palabras
(Frío)
MUERTOS DE FRÍO
El título de esta columna es literal. Cada
año, la época de temperaturas más bajas trae consigo no sólo un paisaje de
árboles desnudos, manos enguantadas y bocas que exhalan humo, sino también una
cuenta repetida de muertos a causa de la falta de calefacción o, cuando la hay,
de su precariedad.
Ahora que empezó el invierno, ahora que el
frío se queda entre nosotros durante un par de crudos meses, viene bien
recordar que los que menos tienen sufren mucho más que usted o yo. El hallazgo
periódico del cadáver de un indigente que se congeló hasta morir, o de los
cuerpos exánimes de personas envenenadas por las emanaciones de un brasero o
una estufa deficiente, nos dice que para muchos el frío no es un inconveniente
sino un peligro mortal.
Está también, claro, el recurrente problema
de la falta de gas en las escuelas, que llena páginas de diarios y minutos de
noticieros durante los meses que corren. Ahí no hay muertes, pero tampoco es
para minimizar el tema: uno no puede prestarle atención a un maestro o profesor
que intenta transmitirle cierta información si está ocupado en conservar la
mayor cantidad de calor posible en el cuerpo.
Con el frío invernal ocurre más o menos lo
mismo que con las inundaciones: se trata de un fenómeno natural, periódico,
absolutamente predecible, que sabemos perfectamente que va a caer sobre
nosotros en un momento bastante determinado y, sin embargo, año a año, genera
incomodidad, disrupción, estragos, tragedias.
Año a año, escuelas cerradas por falta de
calefacción; año a año, barrios humildes anegados; año a año, infraestructura
que cede, que no alcanza; año a año, gente que lo pierde todo una vez más; año
a año, personas muertas por inhalar monóxido de carbono o por el simple y llano
frío; año a año, personas ahogadas o electrocutadas en medio del avance
imparable del agua.
Nadie pretende que el advenimiento de un
tsunami, un huracán o un terremoto sea previsto y neutralizado sin
consecuencias: la súbita (por utilizar una expresión gastada) furia de la
naturaleza es algo a lo que poco puede oponerse excepto un sistema de emergencias
aceitado. La irrupción de lo terrible, de lo inmenso, es incontestable por
definición.
Pero si a algo debería ser inmune la
civilización occidental, con su organización milimétrica y cronométrica de la
vida social y económica, es a lo natural y predecible: la variación de la
temperatura con las estaciones, los fenómenos climáticos recurrentes, la
lluvia, el granizo, el viento, las crecidas han estado con nosotros desde que
el mundo es mundo. Sin embargo, nos inmoviliza una falta de reacción pasmosa,
como si también el olvido fuera una manifestación del clima que sobreviene
apenas retrocedió el agua o el sol comenzó a brillar con más fuerza.
No sólo la solidaridad (donar mantas, ropa,
colchones, estufas, alojamiento) es lo que hace falta para hacerse cargo de
cuestiones tan elementales y sin embargo tan continua (y trágica mente) disruptivas.
No sólo el sistema de emergencias (bomberos, Defensa Civil, albergues,
hospitales) debe entrar en acción ante estos problemas una vez que se
presentaron. Se requiere más: se requiere una reacción del Estado y de la
sociedad que ponga el acento en cuestiones de infraestructura e inclusión que
hace rato deberían darse por sentadas.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP