Sociedad 08-07-2008 – 577 Palabras

(Abuso – Fallos judiciales)

 

EL BENFICIO DE LA DUDA

 

Ante decisiones como la de un puñado de jueces de San Isidro, difundida en los últimos días sin mayores precisiones pero con lo esencial bien a la vista, uno no sabe hasta dónde estirar el beneficio de la duda y en qué punto preciso empezar a pensar mal, realmente mal, de esta gente habituada a decidir sobre las vidas de otros.

 

¿Hasta qué punto, en efecto, esa ficción formal esencial para el Estado de derecho, que célebremente afirma que todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario, debería primar sobre el más elemental cálculo de posibilidades que implica el sentido común?

 

El caso fue profusamente tratado por los medios pero vamos a resumirlo para los lectores desprevenidos. El meollo del asunto (difundido, por tratarse de un caso de su tipo, con los datos mínimos indispensables para poder conocer y debatir la historia) es el siguiente: un tribunal de San Isidro le otorgó a un hombre acusado de haber violado a su hija de ocho años, el beneficio de la prisión preventiva morigerada, y lo envió nuevamente a su casa (donde viven la pequeña, víctima del abuso, y su madre, que lo denunció), teniendo en cuenta, al momento de conceder esa medida, que el abuso se habría producido sólo en una oportunidad, en lugar de reiterarse.

 

O sea... ¿perdón?

 

¿Es decir que el hecho de que el hombre no haya sido condenado implica que debería volver a vivir con su familia como si nada hubiera pasado hasta que se determine, finalmente y en forma fehaciente, que de verdad algo pasó?

 

¿Y la razón de esto no es que la denuncia sea inconsistente o  probablemente falsa sino que el abuso habría sido “el primero y único” que el acusado cometía contra su hija?

 

Evidentemente, fallos como éste producen un daño irreparable en la familia afectada, en principio porque la víctima deja de confiar en la Justicia aunque el abuso no vaya a repetirse (y si se repite, probablemente no lo denunciará otra vez, como puntualizó María Elena Leuzzi, titular de la Asociación de Víctimas de Violación). Pero también hay otro daño, menor en su intensidad pero de mayor extensión y más largo aliento, que opera sobre la opinión pública.

 

Cuando la monja Martha Pelloni, dedicada a combatir la problemática de trata y abuso de personas, especialmente menores, dice que los fallos que benefician a imputados o condenados por violación tienen lugar porque “hay jueces pedófilos”, no hace más que reproducir, desde un lugar de cierta autoridad, el horror de mucha gente ante la sucesión de noticias de este tipo: abusador liberado, abusador vuelve con su familia, abusador beneficiado por razones increíbles.

 

Y es entonces (olvidemos los casos concretos y vayamos a lo general) cuando aparece la duda que enunciábamos al principio: ¿hasta dónde pueden atribuirse estas cosas a una especie de ceguera legalista, a la primacía de un principio abstracto sobre una situación concreta que debería resultar insoslayable, y en qué momento uno puede empezar a dudar de los jueces como personas “de bien” y sospechar que querían beneficiar al acusado de turno por una cuestión de simpatía?

 

Cada vez que un tribunal toma una decisión como ésta, refuerza un prejuicio popular sobre la Justicia que espesa a su vez el manto de silencio sobre la problemática del abuso sexual, especialmente de menores, y muy especialmente en el seno familiar. No es una cuestión que convenga dejar pasar.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP