Sociedad 15-07-2008 - 571 Palabras

(Educación)

 

SIN DIRECCIÓN

 

Parece cosa de la fatalidad: cada dos, tres meses, acaso menos, el tema de la violencia escolar reaparece en los diarios, la radio y la tevé. Alumnos que llevan armas al colegio, que participan en terribles trifulcas dentro o fuera de la escuela, que agreden física o psicológicamente a docentes, casi siempre de sexo femenino... estos casos aparecen en seguidillas, como si cada tanto a los estudiantes les diera por volverse locos, aunque todo autoriza a sospechar que la periodicidad de los reportes obedece más a la lógica de funcionamiento de los medios que a una verdadera sucesión de brotes.

 

El debate estalla, prolifera y... se detiene. Cada vez en el mismo punto. Una vez que los especialistas han señalado, y no sin razón, a los sospechosos de siempre (padres desaprensivos, la televisión, la falta de valores de la sociedad, un sistema educativo que no está preparado para absorber los cambios), la discusión se estanca.

 

Vamos a hacerla avanzar un paso.

 

Tomemos los dos últimos episodios ampliamente conocidos. Uno es el de Kevin, el desagradable jovencito que fue filmado por un compañero mientras le gritaba a su profesora, le hacía gestos obscenos, le abría un paraguas frente a la cara y hasta se la llevaba a la rastra sin hacer caso de sus gritos. El otro es el de la docente de Temperley que la videocámara de un celular registró sometida a todo tipo de humillaciones capilares: le dejaron un preservativo en la cabeza, le echaron polvo de tiza, e incluso le incendiaron momentáneamente el cabello.

 

Pérdida del valor de la autoridad, sí. Padres que no cumplen con su sol, sí. Una sociedad hipócrita, sí. Un sistema educativo atrasado, sí. Pero este tipo de episodios reconoce responsables más directos.

 

Uno puede preguntarse (como no se lo preguntaron los especialistas mediáticos, empezando por esa señora de TN que sabe de todo y se indigna tanto) dónde estaban los directores de ambas escuelas, hasta qué punto las docentes maltratadas sintieron que podían recurrir a ellos para acabar con la situación.

 

Ante la pregunta de por qué esas mujeres no reaccionaron al ser humilladas frente a la clase nos hemos dado una respuesta obvia e incompleta: porque tenían miedo.

 

Ante el anuncio de las autoridades de la escuela de Temperley de que no se contemplaba la expulsión de los alumnos involucrados en el lamentable suceso, es evidente que la respuesta debería ser: porque tienen miedo.

 

Lo tienen siempre, porque saben que ante cosas como éstas los directivos de la escuela no las respaldan, sino que prefieren refugiarse en la estúpida noción de que es preferible incluir para no marginar al chico revoltoso, sin considerar que de ese modo degradan la experiencia educativa para todos los demás.

 

Uno no puede menos que sospechar que el ahora famoso Kevin sí fue expulsado porque hubo un video que se difundió ampliamente por televisión; ¿cuántas veces habrán ocurrido cosas así, con la misma profesora o con otras, sin que nadie haya hecho absolutamente nada para cambiar nada?

 

El daño que estos directores han causado con su inacción, y las autoridades educativas con su discurso ineficaz y su falta de reflejos, no se mide en dólares ni en matrícula ni en segundos de aire. Pero es mucho más grande que el que sufre un alumno expulsado por mala conducta. Muchas, muchísimas escuelas, cuentan con directivos pero carecen de dirección. Así nos va.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP