Sociedad 29-07-2008 - 599 Palabras
(Prostitución)
LOS ROJOS
Nadie quiere a los rojos. Es mejor no
tenerlos cerca: alejarse de ellos, cruzarse de vereda, evitar el contacto.
Mejor confinarlos, no contaminarse con su presencia o siquiera con su vista.
Son peligrosos: promueven el desorden y el relajamiento de las costumbres,
atacan la vida familiar, pervierten a la niñez y la juventud mientras el
gobierno, débil, no se decide a separarlos de los ciudadanos de bien.
O algo así.
Los rojos pululan en las sombras. Prefieren
actuar durante la noche, cuando la buena gente duerme. Si fuera por ellos, se
fundirían entre nosotros: durante el día caminan a nuestro lado, hollan las
mismas veredas, entran en los mismos negocios. Pero son diferentes,
irremisiblemente diferentes. Y al caer el sol habitan una zona oscura,
tenebrosa.
Roja.
¿Hace falta aclarar que no estamos hablando
de los comunistas en los setenta y ochenta, sino de los travestis en los noventa
y en esta década del doble huevo? En la ciudad de Buenos Aires, el anuncio de
que la "zona roja" en la que practican libremente su oferta de sexo,
bajo el amparo de la condescendencia oficial, se trasladaría del Rosedal al
barrio de Palermo atrajo la previsible andanada de críticas y quejas de los
vecinos de ese barrio. Y, paralelamente, los vítores de quienes moran en la
antigua área colorada, ahora libre de los rojos.
En efecto, parece que alguna balanza se ha
inclinado hacia otro lado, aliviando a algunos y preocupando a otros: tal es la
aversión que las buenas conciencias parecen tener hacia estos señores que poco
más pueden hacer para subsistir que vender sexo.
Lo que hay detrás de las críticas y del
alivio es una suerte de mezcla de asco, temor y vergüenza. Por supuesto que los
vecinos enfatizan el temor: la instalación de los travestis y sus negocios
nocturnos atraerá marginalidad y delincuencia, dicen. "El que nació así
está bien, pero al que se hizo, lo veo mal", dice una señora ante la
cámara de un diario online; "tienen un carácter un poco fuerte",
desliza otra mujer. Otros vecinos murmuran que la actividad es un mal ejemplo
para los niños y, en fin, delinean los argumentos que (no sin ironía)
enumerábamos en los primeros párrafos de esta columna.
El temor existe. Pero el asco está muy mal
disimulado. Decir, como Gerardo Loprete (dueño del Lawn Tennis Club e impulsor
de una medida judicial que apunta a sacar a los travestis de ahí), que la
presencia de estas personas "degrada la zona" es aseverar, sin más,
que el nivel de los rojos es inferior al de quienes ya viven allí. Los
comentarios de los vecinos del barrio que no tienen tanta exposición como
Loprete van más allá, y es natural: a menor exposición, mayor libertad de
discurso. Ahí asoma el prejuicio en toda su intensidad.
Lo peor, sin embargo, es el otro elemento, la
vergüenza. Hay, en casi toda discusión respecto de la prostitución (sea
ejercida por mujeres, hombres, travestis, transexuales o lo que sea), un rasgo
de hipocresía insoslayable.
La inauguración de la nueva zona roja atrajo
a muchos periodistas, pero a muy pocos clientes o acaso a ninguno: ¿cuántos
vecinos del barrio habría entre los automovilistas que notaron la presencia de
las cámaras y no se atrevieron a detenerse?
En la compraventa de sexo, como en todo acuerdo de compraventa, siempre hay dos: ésa es la dimensión que el ciudadano medio porteño quisiera negar.
Si fuéramos malas personas, utilizaríamos su
propio argumento para incomodarlos. No se preocupen por la posibilidad de que
los rojos los corrompan, les diríamos: eso ya ha ocurrido hace rato.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP