Sociedad 09-09-2008 - 599 Palabras

(Servicios)

 

ESTE INFIERNO

 

Querido lector: le escribo desde el infierno de los consumidores. Lo hago como tal, pero también (espero) como periodista; usted sabrá en qué medida mis penurias reflejan las suyas propias.

 

Un editor de un importante diario dice que el periodista no debería abstenerse de escribir sobre las cosas que lo indignan personalmente; que su sufrimiento como hombre común es de interés público en tanto afecta a otros hombres comunes. Siempre está el riesgo de superar el valor ilustrativo de la anécdota para convertirla en un ataque furibundo, y es por eso que le aviso, querido lector, para que pueda juzgar cabalmente.

 

Me encuentro en una etapa crítica de la vida: la post-mudanza. Instalado en un departamento alquilado, se supone que debería estar disfrutando de estos nuevos espacios recién descubiertos. Pero no. Ya desde los preparativos iniciales, una mudanza constituye la demostración de lo ilusorios que son los presupuestos de confianza en que se basan las relaciones comerciales; de cómo nadie hace lo que dijo que iba a hacer, sabe lo que se supone que sabe o siquiera mantiene su palabra durante una semana.

 

Obviemos cómo el encargado de una empresa de fletes se negó a transportar mis pertenencias al saber que habría que subir algunos muebles por escalera, dos días después de haberse comprometido a eso mismo; cómo el de otra empresa se mostró dispuesto a hacerlo pero los jóvenes encargados del traslado nunca se enteraron y debieron acceder a regañadientes; cómo hubo que reimprimir el contrato de alquiler por un “error” que me obligaba a pagar de más; cómo las expensas son más altas que lo anunciado verbalmente; cómo debo pagarlas en el estudio de una abogada debido al retraso de otro; cómo la dueña de una mueblería dijo que me llamaría un día determinado para pasarme un presupuesto, jamás lo hizo y al ubicarla (me gasté el crédito del celular en el proceso) alguien había confundido las medidas.

 

Consigno todas estas cosas al vuelo para hablar de lo peor: de la (supuestamente simple) instalación de una línea telefónica.

 

En un mundo aceptable uno pediría una línea y un teléfono, un técnico vendría a instalar ambas cosas y ya. En el infierno de los consumidores no es así. En este infierno uno llama a Telefónica de Argentina, espera unos días y llega el técnico con instrucciones de instalar la línea, pero no el aparato. En este infierno uno llama al 112 y le dicen que llame al 114, pero en el 114 el sistema no reconoce la línea y no permite ser atendido por una persona de carne y hueso. En este infierno uno vuelve a llamar al 112 y le dicen que llame al 0800 de Telefónica Equipos, que nadie atiende nunca. En este infierno uno fatiga locutorios durante tres días hablando con chicas que no saben si la línea está activa, si el aparato fue facturado, si existe, adónde ir a buscarlo o quién cometió el error. En este infierno uno logra comunicarse con Telefónica Equipos donde le dicen que durante todos esos días no podían recibir llamadas (¿alguien le había avisado de esto a uno?, claro que no). En este infierno uno llama al número que supuestamente le pertenece y lo atienden personas desconocidas.

 

Lector, mi sufrimiento es el suyo. Mándeme buena onda, ayúdeme a creer que podemos confiar los unos en los otros; que las empresas de servicios sirven, que los operadores operan, que los encargados se encargan.

 

Luego de dos o tres semanas en este infierno, descubro que casi he dejado de creer en el cielo.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP