Sociedad 16-09-2008 - 555 Palabras

(Fin del mundo)

 

FINALES

 

El mundo, se sabe, siempre está por terminar. En ninguna época, desde mucho antes de la era cristiana, parecen haber faltado las predicciones de que todo se estaba por acabar; y las eras que no nos dejaron registro de estas profecías tampoco nos han dejado mucho registro de otras cosas, por lo que podemos razonablemente suponer que fueron por entonces tan comunes como lo son hoy.

 

La propia Biblia incluye al menos una profecía fallida sobre el fin de los tiempos (Mateo 16:28) pero esto no parece debilitar la fe de nadie, como tampoco los sucesivos fracasos de cada una de las premoniciones cataclísmicas desde entonces a esta parte.

 

Un repaso por las profecías del fin del mundo desde la Antigüedad hasta nuestros días (por ejemplo en http://www.timesonline.co.uk/tol/comment/faith/article4717864.ece?print=yes&randnum=1221579171687) muestra que la variedad de catástrofes que nos amenazan se ha ido desplazando de lo religioso a lo científico: antes todas las predicciones se basaban en escrituras fundacionales o textos místicos, ahora abundan los pronósticos ominosos sobre el (no) futuro del planeta basados en posibilidades tecnológicas.

 

El último de ellos: el LHC (Large Hadron Collider), un gigantesco acelerador de partículas ubicado en Europa, podría hacer que un agujero negro se tragara la Tierra, o bien que ésta se convirtiera en una bola de materia extraña.

 

Ahora bien, hay que aclarar que estamos hablando de un tipo de materia radicalmente diferente de la que conocemos: yo encuentro materia extraña en los rincones de mi departamento cada seis meses o así, cuando barro, pero no es ésa la que pondría en peligro la existencia de nuestro mundo como tal, a lo sumo la mía.

 

Otras predicciones temen una hecatombe nuclear o ambiental.

 

Es muy diferente hablar del fin de los tiempos por la segunda venida de Jesucristo que temer un choque de la Tierra con el cometa Halley o el incendio de la atmósfera por la realización de pruebas atómicas. Y habría que puntualizar exactamente en qué sentido es diferente, porque esto nos habla de nosotros en términos realmente acuciantes, vaya el mundo a terminarse o no.

 

¿Por qué no es lo mismo pensar en un evento religioso, un castigo de Dios por nuestros pecados, que en el envenenamiento total del aire o la desaparición lisa y llana de la bola de barro en que vivimos? Porque la primera profecía, con ser aterradora, no nos atribuye directamente la responsabilidad de ese cataclismo, sino que lo pone en manos de una entidad supranatural; en tanto que temerle al LHC, a la contaminación global o a la bomba de hidrógeno es temernos a nosotros mismos como especie, a lo que hemos hecho del mundo y a lo que aún podemos hacer.

 

Artículos como el enlazado arriba (“Treinta días en que el mundo no terminó”) sirven para tranquilizarnos y hacernos reír, tal vez demasiado. No sé qué tan bueno es andar haciendo chistes cuando amenazas muy reales y producidas por nosotros mismos se ciernen sobre nuestras cabezas.

 

Suponiendo que el mundo no vaya a terminar pronto (de lo contrario ningún esfuerzo tendría sentido), las profecías del fin del mundo basadas en los terribles usos que hacemos de nuestra capacidad inventiva como especie nos obligan a mantener un ojo bien abierto: la apuesta no es a terminar o seguir, sino a seguir de la mejor manera posible.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP