Sociedad 23-09-2008 – 579 Palabras
(Modelos)
HIPOCRESÍA
Que a Florencia Torrente, la hija de Araceli
González, no la hayan dejado desfilar en el Buenos Aires Fashion Week por estar
un tanto excedida de peso es algo que, lamentablemente, no sorprende a nadie.
Si es que realmente sucedió, claro: al menos es lo que denuncia la madre,
actriz y modelo que, en los carteles publicitarios y las páginas de las
revistas, compite exitosamente con su hija como paradigma de flacura,
frecuentemente auxiliada por una dosis de Photoshop. A tal denuncia se sumó la
joven afectada, pero sólo después.
El hecho es que el presunto acto de
discriminación (que a nadie le cuesta imaginar como cierto, dicho sea de paso)
se dio, o se habría dado, a fines de agosto último, muy poco después de que, en
Londres, el British Fashion Council (Consejo de la Moda) anunciara que la
iniciativa para impedir que las pasarelas estuvieran llenas de modelos
escuálidas había resultado un fracaso rotundo. Los organizadores del BAFWeek no
habrían hecho más que acompañar la tendencia mundial a exhibir un ideal de
extrema delgadez.
Todo tomó ritmo y calor televisivo, por
supuesto. No quisiera detenerme aquí en la patética intervención del ex manager
de la hermosa modelo (de la hija, quiero decir), Tomás Constantini, quien
consideró apropiado aclarar que todo fue una confusión y que, en realidad, a
Florencia no la discriminaron por gordita sino por petisa, ya que sólo mide un
metro setenta y uno, cuando el mínimo para desfilar por las pasarelas de la
Rural resultaba ser uno con setenta y cinco. No quisiera hacerlo porque tengo
mi buen par de centímetros menos que la joven Torrente y centrarme en ese punto
sólo serviría para inflamar la pluma, como quien dice.
Pero el punto es que la reacción de
Constantini (quien dejó de representar a la chica de la noche a la mañana,
bueno es consignarlo) tuvo una fuerte razón de ser. Porque dicen que el ex
manager de Torrente se apresuró a “aclarar” la falsedad de la supuesta
discriminación por talla en un intento de proteger el negocio; que instruyó a
la chica para que no hablara más del tema; y que ella misma se enojó con su
madre ante las previsibles consecuencias negativas de sus afirmaciones.
Salvando las distancias, es lo que suele
pasar con las denuncias de violación: el repudio al autor del hecho convive con
una estigmatización de la víctima, que por eso muchas veces no se atreve a
hablar. Aquí, la acusación de Araceli exponía a su hija a la pérdida de
importantes contratos ante la evidencia de que, bueno, sí, estaba un poquitín
gorda. Es lo que dicen y, nuevamente, nada cuesta creerlo.
Sea cual sea la verdad, esta clase de
reacciones defensivas, este afán por encubrir un mínimo de kilos “de más”
(porque mirando fotos actuales de Floppy es imposible sostener que no tiene un
cuerpo bello, esbelto y deseable), dibujan un contexto que sólo por costumbre o
por hipocresía no nos resulta repugnante.
¿Soy el único que encuentra
profundamente anormal, casi monstruosa, esta voracidad que margina a las chicas
que no pueden o no aceptan convertirse en modelos de raquitismo? ¿Tan “normal”
es hoy que la exhibición de las costillas resulte más apetecible que la de un
vientre cálido o una cintura tierna?
Por Florencia y por el resto de las modelos,
espero que no. Pero sobre todo por la belleza y por la salud. Y por todos
nosotros.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP