Sociedad 07-10-2008 - 579 Palabras

(Discriminación)

 

MÁS, NO MENOS

 

Sería reconfortante pensar que, ya decididamente entrados en el siglo XXI, hemos logrado dejar atrás al menos la mayor parte de los anticuados prejuicios racistas que tanto daño hicieron en el pasado; que descalificar a otro por ser judío, negro u homosexual es un resabio anacrónico, que se da en la vida diaria pero sólo a partir de mentalidades recalcitrantes destinadas a extinguirse.

 

Lamentablemente, no podemos pensar eso. De un tiempo a esta parte se ha hecho evidente que los adolescentes argentinos no sólo reproducen todos y cada uno de los prejuicios racistas de sus padres sino que se encuentran embarcados en una especie de guerra de tribus que a las diferencias de elección sexual y clase social añade una división por estilos (de vestir, de sentir, de relacionarse) que hubiera sido impensable unos años atrás.

 

Los jóvenes de hoy discriminan más, y no menos, que las generaciones anteriores: es la triste conclusión a que nos llevan incidentes como los ocurridos ya dos veces este año en el shopping Abasto y la inacabable catarata de agresiones a través de Internet entre unos grupos y otros.

 

A los ataques de skinheads que aparecían cada tanto en las noticias (ataques provenientes de grupos muy minoritarios, aunque no por eso menos graves, claro) hay que agregarles ahora el permanente estado de tensión entre floggers, emos, punkies y cumbieros, según el censo que puede realizar algún espectador desprevenido como usted o yo.

 

“Mis hobbies son escuchar rock and roll y reventar emos.” “Muerte a los floggers, son todos putos.” “No nos juntamos con los negros cabeza.” “Aparte de a los floggers hay que matar a los judíos.” Comentarios como éstos pueden encontrarse a montones en fotoblogs, foros y páginas Web de jóvenes de 14 años en adelante. Es muy triste, pero es verdad.

 

No sólo sucede en la Argentina, claro. En México ya hubo dos enfrentamientos multitudinarios entre estas tribus, uno en Querétaro y otro en el distrito capital. En esa ocasión un periodista le preguntó a un joven autoclasificado entre los emos por qué su grupo estaba agrediendo a otro, compuesto por floggers que se habían convocado allí para repudiarlos. Su respuesta: “Porque nos roban nuestros estilos.”

 

No hace falta esperar que, en efecto, la consigna “muerte a los floggers” o la de “reventar emos” produzcan algún cadáver para darse cuenta de que la situación es grave. Usted puede preguntarse de dónde salió todo esto, cómo puede habernos tomado tan desprevenidos. Y sin embargo no es algo que haya surgido de la nada, ni algo que no hubiera podido preverse: ¿qué diferencia esencial puede existir entre la consigna de matar a los floggers o a los emos y la de matar a los de Boca o a los de River?

 

Ah, ahora no suena tan raro, ¿verdad? Los chicos maman intolerancia desde sus primeros años: primero como chiste, después en forma más codificada. Hemos dejado que esta violencia divisiva se propagara libremente en el ámbito del deporte, pensando, quizás, que se quedaría allí; nos hemos acostumbrado a sacudir tristemente la cabeza ante cada batalla campal producida en una cancha. Pero el enfrentamiento nos toma por sorpresa cuando se produce a la entrada de un centro comercial.

 

La sangre es sangre, la violencia es violencia y la furia es furia, sean cuales sean el lugar, el medio y el motivo. Hemos sido demasiado estúpidos para comprender esta simple verdad, y nuestros hijos son la consecuencia.

 

Sebastián Lalaurette

redaccion@agenciamp.com.ar

Agencia MP