Sociedad 14-10-2008 - 567 Palabras
(Enamoramiento)
DULCINEAS
¿Es posible enamorarse de alguien que no
existe? Lo pregunto en el sentido clásico de "no existir"; sabemos,
al menos desde hace un siglo, que uno nunca se enamora de una persona, sino
sólo de cierta parte, de la imagen mental o de las impresiones que esa persona
le ha producido. El amor es ciego para muchas cosas, incluso hasta un nivel
extremo: Don Quijote describe a Dulcinea como una mujer de excepcional belleza,
pero resulta ser una rústica de escaso atractivo que su mente transfiguró hacia
un ideal. Ahora estamos hablando de otra cosa, pero tenga esto en cuenta
mientras lee lo que sigue.
Un grupo de científicos israelíes desarrolló
un software para embellecer los rostros de la gente de verdad. Dicho así no
suena demasiado revolucionario: estamos acostumbrados a los abusos del
Photoshop, a ver a modelos "demasiado" perfectas en las tapas de las
revistas, sin una arruga, sin una redondez excesiva, sin pelos en los brazos o
las axilas, con ombligos que parecen apenas insinuados. Pero el programa creado
por estos científicos es algo diferente. La imagen que devuelve es la de la
persona real, sólo que... bueno, no tan real.
Para explicarlo muy brevemente: lo que hace
el software es modificar la estructura geométrica de un rostro humano para
amoldarla a un ideal estadístico de belleza obtenido mediante una serie de
encuestas. No elimina arrugas ni suprime pecas ni granos ni manchas ni otras
imperfecciones de la piel; no cambia el color o el estilo del cabello, tampoco.
Se obtiene así una imagen absolutamente identificable con esa persona: la
imagen de otra persona que nunca existió, y que tiene (se supone) la belleza a
la que nunca podría aspirar el individuo real. Es su inalcanzable cielo
particular, su versión privada de Dulcinea.
¿Puede uno enamorarse de una de estas
"fotos"? Sí, claro que sí.
Y sin embargo...
Los creadores del software
"embellecedor" dicen que las encuestas realizadas para obtener el
patrón de belleza ideal son reveladoras por su uniformidad; que hay poca
divergencia entre lo que personas de diferentes edades, países, razas, y
géneros consideran un rostro humano hermoso. Pero la aplicación práctica del
experimento arroja resultados menos concluyentes.
Martina Eckstut, una de las mujeres que
sirvieron como modelos para la presentación del programa en una convención de
software, es más bella que la imagen que supuestamente la aproxima a la belleza
máxima (esto es opinable, claro: fíjese usted si piensa lo mismo: ambas
imágenes están en http://www.boingboing.net/2008/10/09/ny-times-on-beautifi.html).
También la Brigitte Bardot de antaño parece
perder bastante atractivo en su versión "mejorada", dice Sarah
Kershaw en un artículo del "New York Times": "la belleza
mundialmente famosa pareció menos impactante –menos ella", afirma Kershaw.
Y entonces... nada. O esto: que uno se
enamora de la imperfección aunque luego la niegue o la eleve hasta un cielo de
ensueño.
El software desarrollado por los científicos
es realmente bueno, más que bueno, pero falla (en cierta manera, claro) porque
apunta a reemplazar el ideal de cada uno por un ideal promedio, presuntamente
insuperable pero cuestionable en la práctica.
Eso sí: habrá que ver qué pasa cuando se haya
desatado el aluvión de Dulcineas, cuando las películas sean protagonizadas por
actores y actrices que, bueno, no son exactamente como los vemos. ¿Cambiará
algo, cambiaremos con eso? En alguna parte Viktor Taransky sonríe,
autosuficiente, mientras S1m0ne le sirve una taza de café.
Sebastián Lalaurette
Agencia MP