Sociedad 21-10-2008 - 551 Palabras

(Cambio horario)

 

VIDA Y DINERO

 

No hace falta recurrir a ejemplos extremos, como revoluciones, despidos masivos o muertes por falta del billete que pagaría una buena atención médica, para ilustrar el choque entre el dinero y lo que consideramos más específicamente humano. (La distinción es ilusoria, claro: nos caracteriza lo simbólico y el dinero es un símbolo universal, algo que no existe de por sí, sino que siempre apunta a otra cosa, a cierta forma más o menos elemental de poder.)

 

Los problemas suscitados por la decisión gubernamental de alterar (¡otra vez!) el huso horario de buena parte del país, en tanto que algunas provincias mantienen el horario que tenían hasta ahora, ponen en juego, si bien de una manera ciertamente "light", algunos valores fundamentales de nuestra civilización.

 

Que sí, que no, que cuándo, que qué hora es allá. Tal como sucedió un año antes, mucha gente (incluido tal vez usted, querido lector) encuentra dificultades para adaptarse al cambio: con una hora más de sol, uno tiende a prolongar el día, y las actividades a estirarse hasta el momento en que la noche marque la hora "real" (o, mejor dicho, la hora a que estábamos acostumbrados, ya adelantada respecto de lo que marca la rotación terrestre).

 

Uno termina acostumbrándose a empezar y terminar más tarde, y de hecho esto ha influido para que, en el último ajuste horario, el ahorro por el no uso de energía eléctrica no haya sido tan grande como se esperaba.

 

Es el choque entre las costumbres y el dinero, o entre la vida y el imperativo económico. Pero la propia decisión, previa a choque alguno, de modificar el horario por el que nos regimos simplemente para ahorrar energía es de por sí algo profundamente revelador.

 

"En los Estados Unidos, todo se ha subordinado a las demandas económicas. Si tu empresa te dice que abandones tu casa en Los Angeles y te mudes a New York, vos lo hacés", dijo hace un par de años el escritor británico James Graham Ballard. Pero eso no se limita a la superpotencia mundial ni a cosas tan determinantes como una mudanza.

 

Por la necesidad de gastar menos y ganar más aceptamos compromisos en nuestro estilo de vida, como soportar largos viajes diarios en el transporte público o trabajar horas que podríamos pasar junto a nuestros hijos.

 

Y ahora ¿por qué habría que cenar de día, desencontrarse con amigos que residen en otras provincias, reprogramar todos los aparatos electrónicos de la casa o hacer malabarismos para combinar actividades en diferentes jurisdicciones? Por lo mismo: por el imperativo económico. Hay que ahorrar, así que corremos las coordenadas de nuestras vidas.

 

¿Así de fácil? No, claro que no. Ofrecemos resistencia: cenamos de noche igual, nos permitimos llegar tarde a lugares, dejamos tranquilos a los relojes, nos disculpamos por la falta de adaptación.

 

En realidad, para la mayoría de nosotros el perjuicio producido por el adelanto de una sola hora es mínimo, pero aun así nos resistimos a incorporarlo plenamente a nuestras vidas y amplificamos en las quejas las pequeñas concesiones que tenemos que hacer en aras de la eficiencia y la racionalidad.

 

Es una modesta clase de heroísmo: el convencimiento de que hay cosas que no se venden, por triviales que sean. No es mucho pero es lo que hay.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP