Sociedad 28-10-2008 - 565 Palabras

(Inseguridad)

 

NÚMEROS

 

Ah, números. Tienen, indudablemente, su lugar. Pero no lo son todo. A veces, perdernos entre ellos es dejar de ver y de sentir: cegarnos a lo que queremos desentrañar y optar por una solución de compromiso que difícilmente sea una solución real.

 

Los ejemplos son múltiples (y permítaseme eludir ahora mismo toda cuantificación más precisa, a riesgo de anular todo lo que voy a decir), pero el fenómeno se manifiesta claramente hoy, y cada tanto, en el debate de la problemática que hemos dado en llamar “inseguridad” (ah, las etiquetas... pero es tema para otra columna).

 

En épocas en que hasta las estadísticas más rigurosas son puestas en duda, considerar que lo argumentable coincide con lo cuantificable prácticamente equivale a anular una discusión profunda. Puede ser lo que nos está pasando hoy.

 

“Me asaltaron x veces en y meses.” “Hubo p muertos en q semanas.” “Es el enésimo robo en tantos y tantos días.” Los argumentos numéricos apuntan a demostrar que la inseguridad no es, como se suele decir desde el poder, una “sensación”. La respuesta suele ser otro argumento numérico: “Hemos bajado la tasa de crímenes de z a w.” “Este año hubo un h por ciento menos de robos de automotores que el año pasado.” Entonces, claro, la discusión deriva a si realmente hay menos delitos o menos denuncias, es decir, se apunta a comparar un número con otro. Y así.

 

No sólo en cantidades abunda la superficial discusión sobre este tema. También hay otros números que se vienen meneando en forma recurrente: edades. Que a los dieciocho, que a los dieciséis, que a los catorce, que a los doce, que a los ocho (no se sabe por qué, siempre son números pares). Es la polémica por la edad de imputabilidad, es decir, por el número que habría que ponerle a la exigencia de responsabilidad penal más allá de cada historia en particular (y sí, la ley requiere que fijemos ese límite en algún punto; sin embargo, la discusión no debería pasar solamente por ahí).

 

Ahora que la mentada “inseguridad” (un eufemismo, claro) es motivo de efervescencia, a lo mejor vendría bien correr un poco el debate de ese lugar tan improductivo. Hablar un poco menos de números y un poco más de historias, de matices. Evitar que cada tragedia se pierda en el limbo de la acumulación. Y con “tragedia” no nos referimos sólo a la de las víctimas de asesinatos o secuestros o robos a mano armada sino también a las vidas de quienes son empujados a la marginalidad.

 

Claro, eso requiere complejidad, es decir requiere pensar y luego articular el pensamiento en un discurso. Del otro lado, requiere escuchar, sustraerse a la permanente presión del mundo por arrastrarnos hacia otro lado, prestar atención y tratar de hacer algo con ello. Algo que no es habitual pero de ningún modo es imposible.

 

Esta columna es necesariamente breve y no será en ella donde usted, querido lector, encuentre la profundidad y novedad que pedimos para el debate. Hay otros lugares donde se habla mucho más y más fuerte: es allí donde se echa en falta algo que exceda el maniqueísmo y la especulación. Desde acá sólo podemos lanzar la sugerencia.

 

La recurrencia del delito sólo puede entenderse pensando en las razones de la violencia en la sociedad. Reducir la reflexión a cuestiones numéricas ciertamente no ayuda.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP