Sociedad 04-11-2008 - 599 Palabras

(Simulación)

 

LOS SIMULADORES

 

No hace falta ponerse a leer a Jean Baudrillard, el ya extinto filósofo francés, para advertir la preponderancia que el simulacro ha adquirido en nuestras vidas.

 

La idea de que simulamos ser quienes no somos no es nueva. Ha ocurrido, es cierto, una especie de inversión: al menos desde la época victoriana eran los prejuicios lo que nos motivaba a brindar una imagen exterior que en poco se correspondía con nuestro interior, es decir que debíamos reprimir nuestros impulsos para amoldarnos a las expectativas de los demás. Esa noción de antaño tiene su exacto opuesto en el hoy: nos esforzamos por demostrar que no tenemos barreras, que estamos siempre bien, incluso exhibimos un impulso donde no lo hay.

 

Sin embargo, lo nuevo de nuestra época es que ahora el simulacro hasta puede ser físico. La tecnología juega un papel esencial en esto: el cuerpo puede sustraerse, ocultarse parcialmente, ser exhibido sólo hasta los límites del perfil estéticamente aceptable (mediante toda clase de trucos: redes sociales como Facebook o Badoo han reactualizado la antigua verdad de que “de lejos todas están buenas”) o incluso cambiarse por otro (detrás de la foto de la supermodelo bien puede haber una fea, o un hombre).

 

¿Por qué ocultar, camuflar el cuerpo o el rostro? Obviamente la respuesta es: para gustar. Pero hay al menos dos problemas con eso. El primero es obvio y tiene que ver con la noción de que para gustar hay que someterse sí o sí al imperativo de un ideal de belleza inalcanzable para la mayoría.

 

El segundo parte también de una clara evidencia pero es más insidioso: al presentarnos como no somos presuponemos, extendemos y aceptamos para nosotros mismos un sistema de relaciones virtuales que nunca pasa a Tierrafirme, aun cuando el deseo carnal no haya abandonado la escena para nada.

 

Está muy claro: ocultar el cuerpo nos obliga a mantenerlo oculto, a confinarnos, a suprimir el deseo de estar ahí con el otro (pero no se puede, claro). Internet es la revancha de los feos, pero es una revancha amarga y vacía: conduce a la negación del encuentro o a la inevitable decepción, además culposa.

 

Queremos encontrarnos, pero nos ponemos en la difícil posición de hacer más improbable el encuentro a cambio de satisfacer una necesidad narcisista.

 

Hay más: la proliferación de la cultura flogger, el mercado de firmas (firmá dos veces y devuelvo/firmá tres y vas a effes) vuelve a esa admiración algo incierto, carente de contenido y precisamente de mirada, ya que no hace falta siquiera mirar al otro (mucho menos admirarlo) para dejarle un saludo cuyo único objetivo es, en realidad, incrementar las visitas al propio santuario virtual.

 

Es más, la dinámica propia de la búsqueda de firmas y visitas suprime el tiempo necesario para detenerse en la contemplación de la belleza, achata la distinción entre buenas y malas imágenes, multiplica las subidas pero reduce el tiempo de contemplación hasta volverlo infinitesimal.

 

Por un lado el Photoshop y los modelos computarizados de belleza irreal; por otro, el chat engañoso, la foto en el ángulo más favorecedor o el rostro de la famosa confinando al propio a prisión perpetua; por último este paroxismo del no ver, el copy/paste (paso/pasate/beso) como negación de la mirada y de la pulsión.

 

Apenas nos escribimos, apenas nos miramos. No sé cómo salir de eso. O mejor dicho: no sé cómo hacerlo a nivel global, pero en cada caso la reducción del contacto (incluso virtual) a su expresión mínima vuelve paradójicamente más sencillo ganarle al otro un minuto, una mirada: basta con una palabra amable, una apreciación certera, con la evidencia indudable de que uno hacía algo más que mirar sin ver.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP