Sociedad 18-11-2008 - 586 Palabras

(Eutanasia)

 

¿POR QUÉ SEGUIR?

 

Imposible sustraerse por completo al caso de Hannah Jones, la nena de trece años que, según nos cuentan los medios de prensa internacionales, decidió abandonar los intentos de luchar contra las fallas de su corazón y dejarse morir. Si la eutanasia es un tema que ya de por sí cala hondo en nosotros, ¿qué decir de la decisión de una chiquita, apenas una preadolescente, que rechaza la posibilidad de ser mantenida con vida a través de una operación? La indiferencia es inconcebible.

 

Lo cierto es que el caso de la pequeña Hannah es muy particular. Es a la vez más comprensible y más terrible que cualquiera de los otros casos que han venido saliendo a la luz en los últimos años. Uno entiende que una nena de trece pueda estar cansada de la vida cuando se entera de que su corazón es débil desde los cinco como efecto de una medicación contra la leucemia. Pocos, muy pocos años tuvo Hannah para disfrutar realmente de la vida, y ahora que rechaza un transplante de corazón de resultado incierto, su resolución nos enfrenta a preguntas que esquivamos exitosamente a diario.

 

¿Para qué vivir? ¿Cuándo morir? ¿Por qué?

 

Hannah Jones nunca tendrá hijos; nunca hará el amor; probablemente sólo llegue a besar un par de veces. No tendrá una carrera ni formará una familia. Nunca practicará deportes extremos ni conducirá un auto. Es posible que viaje, pero no llegará a recorrer el mundo. Algunas de estas cosas son inevitables, pero otras podrían derivar de su decisión, de su terrible negativa a vivir con un corazón que podría obligarla a mantenerse medicada todo el tiempo.

 

Es por eso, porque siempre pensamos en los chicos en términos de futuro y no de pasado, que el caso de Hannah (esa niña rubia, serena, cuyos padres están orgullosos) nos pone frente a preguntas que ningún otro caso de eutanasia nos hace formular. Porque si nos sentimos inclinados a acordar en que otras vidas ya no valen la pena de ser vividas (viejos con enfermedades terminales, adultos jóvenes pero postrados), aquí, en cambio, la negación de la potencialidad es patente. Las cuestiones que surgen aquí son dolorosas en sí mismas: ¿Hay siempre algo mejor?, ¿se puede renunciar a una vida que debería ser toda posibilidad?, ¿cómo ve el mundo alguien que estuvo condenado desde la más tierna infancia?, ¿no es brutal esa negación absoluta, ese rechazo de casi todo futuro cuando aún ni siquiera ha comenzado a realizarse?

 

Es verdad que mueren niños todos los días, por accidente, enfermedad, violencia o hambre; todas esas muertes conllevan un horror esencial y diversos grados de horror analítico. Lo de la pequeña Jones es distinto: es la decisión consciente de dejarse morir, la decisión de una conciencia de apenas trece años (una edad en la que sólo debería estar pensando en jugar y en hacer la tarea de la escuela), lo que dispara todas estas reflexiones.

 

Sería fácil terminar esta columna hablando del carácter sagrado de la vida y aduciendo que siempre hay esperanzas, algo mejor a la vuelta de la esquina, una posibilidad de que seguir valga la pena.

 

Son pamplinas.

 

La verdad es que nunca sabemos si vale la pena vivir. Todo puede ser mejor o peor, todo puede irse al cuerno siempre, incluso para los que hoy son fuertes, sanos, ricos y felices. ¿Por qué seguimos viviendo? Porque... Bueno, cada uno contesta esa pregunta como le parece. Hannah ya se animó a dar su propia respuesta.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP