Sociedad 09-12-2008 - 577 Palabras

(Consumo)

 

DERECHOS DEL CONSUMIDOR

 

“Llevo esperando desde ayer a la mañana” suena como un motivo justo para la irritación cuando a uno le informan que no va a poder entrar al supermercado para hacer sus compras en día de rebajas. ¿Quién no se sentiría frustrado e indignado después de hacer cola durante un día entero, esperando que se abran las puertas del bendito Wal Mart, si le dicen que lamentablemente el negocio va a permanecer cerrado y que deberá volver al otro día?

 

Bueno, el panorama cambia cuando el motivo del cierre del negocio que acababa de abrir es la repentina muerte de uno de los empleados. Un empleado que estaba ubicado junto a la puerta. Que se abrió para iniciar la jornada de rebajas y que lo aplastó contra la pared. Empujada por una masa humana descontrolada. Formada por la gente que hacía cola exactamente igual que uno. Y que pasó por encima del infortunado trabajador en su afán por comprar con descuento.

 

¿Sería legítimo, en esas circunstancias, protestar por la decisión de cerrar el negocio argumentando: “Llevo esperando desde ayer a la mañana”? Porque esto sucedió. Sucedió en un local de Wal Mart en Long Island, Estados Unidos, al día siguiente del Día de Acción de Gracias.

 

Una verdadera multitud de ciudadanos de clase media y media baja se agolparon, como todos los años para la ocasión, ante las puertas del supermercado, esperando ansiosamente el momento de la apertura a las 5 AM, tratando de abalanzarse primero sobre las ofertas para que no les fueran arrebatadas por los otros. Fue ese afán descontrolado lo que mató a Jdimytai Damour.

 

Abandonamos, entonces, el modo potencial para preguntar: ¿Era legítima esa protesta? ¿Tenía, el ciudadano consumidor que la formuló, el derecho de entrar en el Wal Mart a comprar con descuento ignorando la tragedia que acababa de ocurrir? ¿Hay alguna ley que lo obligue a uno al recogimiento ante la muerte de un extraño, o nos asiste el derecho de ponernos anteojeras y caminar ciegamente hacia la caja registradora? ¿Hay una especie de luto obligatorio que obligue a suspender las transacciones comerciales en la presencia palpable de la muerte?

 

Todas las preguntas anteriores son formuladas, claro, con una dosis de ironía, pero no tanta como tal vez parezca.

 

Después de todo, estamos acostumbrados a los trenes suspendidos por accidentes (o suicidios, nunca se sabe realmente) ocurridos en algún punto de las vías, y normalmente el restablecimiento del servicio ocurre a los pocos minutos, cuando la policía ya ha hecho su trabajo y apartado el cuerpo muerto. Hasta nos quejamos por la demora.

 

La única diferencia entre ese caso y el de Long Island es que allí, la masa consumidora fue partícipe directa de la muerte, más allá de las responsabilidades particulares que determine el aparato judicial.

 

Pero es evidente que estamos más que dispuestos a seguir moviendo la rueda del dinero aunque estemos parados junto a la aterradora evidencia de que la rueda de la vida puede detenerse abruptamente.

 

Lo que demostraría que la rueda del dinero es más grande, o más veloz, o más importante.

 

Seguramente hay una moraleja en todo esto, pero uno está demasiado cansado o desmoralizado para enunciarla. Lo cierto es que lo que ocurrió no sorprende, y que no sorprenda nos habla de nosotros mismos de un modo deprimente. La única manera de sentirnos mejor sería empezar a ser mejores, pero para Jdimytai ya es un poco tarde.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP