Sociedad 16-12-2008 - 599 Palabras

(Infancia – Limosnas)

 

EN LAS TIERRAS DEL PAYASO

 

Acaba de pasarme algo raro, si es que puede considerarse raro a algo que probablemente le pase a mucha gente todo el tiempo. No voy a narrar hechos extraordinarios; lo raro está en mis propias reacciones ante un fenómeno que no nos dice mucho justamente por lo habitual.

 

Entré a un McDonald’s a desayunar. Sí, ya sé, ya sé: no era una opción saludable, pero necesitaba urgentemente un poco de cafeína y algo sólido para el estómago. Estaba en la caja, intentando descifrar las opciones que me brindaba la empleada (el local está dividido en dos partes y no sabía bien en cuál pedir mi café con... eh... “bagel”, porque el menú es una mezcla de inglés y castellano), cuando veo que un gurí se me acerca por la derecha para pedirme una moneda.

 

Saco cincuenta centavos. Se los doy. Mientras delibero con la empleada, aparece otro pequeño, aun más pequeño que el anterior.

--¿Tiene una moneda, señor?

 

Pienso en decirle que no, que ya le di una a su compañero, pero ¿qué culpa tiene él de que el otro haya llegado antes? Así que saco una nueva moneda, ésta de veinticinco centavos, y se la doy.

--Ustedes me van a volver pobre –bromeo, y me da una vergüenza inmediata, como cuando intenté estrecharle a Daniel Scioli la mano derecha. Ellos son pobres, claro. Por suerte se ríen.

 

Mi debate con la empleada termina con la indicación de hacer mi pedido en el otro sublocal. Ahí voy, sólo para encontrarme con una niña cargada de hojas de stickers con dibujos infantiles. Quiere venderme uno a tres pesos o dos a cinco; le pido uno que trae ranitas, pero no tiene cambio. Hago mi compra y le pago con el vuelto.

 

Ah, al fin, el café y el “bagel”. Pero... justo cuando estoy atiborrándome de proteínas y grasas (el coso trae huevo y jamón), aparece otro bajito pidiéndome una moneda. Alcanzo a negar con un dedo y se va, sólo para que venga otro más con el mismo pedido. Repito el gesto negativo. A esta altura ya apareció el pensamiento en mi cabeza: “Malditos pequeñuelos. Que se vayan. Que me dejen comer.” Me siento culpable, pero igual lo pienso.

 

Una de las supervisoras (creo) se acerca a los chicos que circulan entre las mesas. No los echa; supongo que les dice que pueden pedir monedas junto a las cajas pero no importunar a la gente que está comiendo, algo que suena razonable: una especie de compromiso entre los intereses del local, los de los clientes y los de los chiquilines que piden. Un acuerdo civilizado en medio de una realidad que se va al demonio.

 

He despotricado contra McDonald’s en columnas anteriores, pero esta vez tengo que admitir que la posición de la cadena es audaz: la constante afluencia de enanitos pedigüeños se debe a que es uno de los pocos lugares en que se les permite recolectar monedas, aun a riesgo de que clientes molestos se vayan para no volver y hagan publicidad negativa. Mi fastidio, mi “que se vayan” mental, se enfrenta a la pregunta: ¿que se vayan adónde? A ningún lado, claro. Es decir a vender los stickers en la calle, flores entre los autos, curitas en la vereda, a limpiar vidrios, a robar.

 

Estoy muy lejos de decir que eso es una solución para la alegre manada de petisos rompebolas, sonrientes, preciosos. Tampoco mis tres pesos con setenta y cinco. Pero al menos está la rutina, diaria para muchos, de verlos, de no olvidarlos.

 

Es algo.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP