Sociedad 20-01-2009 - 592 Palabras
(Aumentos – Transporte)
SANGRANDO POR LA
HERIDA
Los tiempos son duros, pero no tanto. Es por
eso que cada avance de la inflación, ese fenómeno tan desagradable para casi
todos, nos provoca los consabidos rictus y comentarios amargos sin
consecuencias, excepto la pérdida de popularidad de los gobernantes y la
inevitable acumulación de estrés. Nadie piensa en salir a voltear al gobierno,
como en 2001; nuestro enojo es más light,
más resignado.
Aumenta el pan: expresión de contrariedad e
intercambio de comentarios sardónicos con el almacenero. Sube la cuota del
colegio privado de los chicos: breve discusión de pareja acerca de los rubros
que sufrirán recortes para mantener el gasto en educación. Los libros que piden
en la escuela pública son carísimos: misma escena. Hay que pagar más impuestos:
diatriba contra la administración central. Suben las tarifas de teléfono, agua
o luz: misma escena. Segundos después, la vida.
Hay un rubro, sin embargo, en el que cada
aumento se nos aparece como un acontecimiento histórico, como una especie de
ultraje, sea cual sea la situación económica del país. Es el del transporte
público.
Cada vez que se anuncia un aumento del boleto
de tren o de colectivo la indignación que nos invade es profunda y duradera,
somos más vocales, los medios de comunicación registran nuestra bronca e
imágenes de trenes incendiados y estaciones devastadas recorren nuestro
cerebro. Actuamos como si todo debiera inevitablemente encarecerse, excepto el
transporte. No deja de ser extraño, ¿verdad?
No es esta columna el lugar para desarrollar
una argumentación de tipo económico. Sí para tratar de hallar alguna punta que
nos permita entender por qué le damos tanta importancia al costo de nuestros
movimientos en la ciudad o entre ciudades.
En principio hay que decir que no se trata de
una cuestión de magnitud. Es cierto que el aumento del transporte repercute en
los bolsillos de cualquier asalariado, pero no más que la comida, sino más bien
mucho menos; y el argumento de que el viaje es un gasto diario e inevitable que
se acumula a lo largo del mes es igualmente aplicable a los alimentos.
Hay, por lo pronto, una sensación de profunda
injusticia: una visión de las empresas de ómnibus y ferrocarriles como siempre
gananciosas (lo son, y si quiebran no son sus dueños los que se van a vivir
abajo de un puente), y la convicción de que por una vez los formadores de
precios deberían sufrir durante las crisis. Pero, nuevamente, no es una
cuestión de macroeconomía.
Es fácil encontrar la razón de que el aumento
del costo de los viajes nos resulte tan horroroso. El viaje es esencial para
nosotros. Somos seres sociales porque trabajamos y nos ponemos de novios y
compramos y vendemos y bailamos, pero somos seres sociales modernos porque vivimos en ciudades cuyo trazado es el de las
calles, el de las líneas de fuga y acceso. En otras épocas la gente no vivía en
un lugar y trabajaba en otro, y si había que viajar para estudiar entonces uno
se iba a vivir al colegio o a la casa de su tutor.
Por el contrario, el viaje está hoy tan
enraizado en nosotros, forma una parte tan importante de nuestra vida cotidiana
y de nuestra constitución en el mundo, que el pago de los pasajes (o del
combustible, claro) marca de alguna manera nuestro ritmo de respiración. Pagar
por nuestros movimientos esenciales es como ir perdiendo sangre en una carrera
inexorable hacia la muerte. Y duele, duele mucho, que nos agranden la herida
por la que mana.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP