Sociedad 03-02-2009 – 554 Palabras

(Paternidad)

 

AY, NIÑOS

 

Ya hemos escrito en otras ocasiones sobre estudios científicos difundidos por la prensa y hemos dicho que siempre es bueno tomarlos con pinzas. Vamos a repetir eso ahora, ante las reveladoras conclusiones de algunos estudios dados a conocer recientemente en los Estados Unidos que tienen que ver con la felicidad en la pareja (¡nada menos!).

 

El estudio que dispara la noticia, vía un artículo del “New York Times” reproducido aquí por sindicación,  cuestiona la afianzada noción del “síndrome del nido vacío” y concluye que la partida de los hijos del hogar tiende a afianzar la satisfacción conyugal, contrariamente a lo que todos pensábamos hasta ahora. Fue realizado por especialistas de la Universidad de California y publicado en noviembre en una prestigiosa revista, “Psychological Science”.

 

Sin embargo, el estudio más interesante, que este otro trae a colación, es uno realizado por la Universidad de Nebraska y publicado en junio en el “Journal of Advanced Nursing”. El resultado de ese trabajo es impactante porque contradice lo que sabemos o suponemos acerca de la vida familiar. O mejor dicho, afirma lo que ya sabemos pero nos sentimos íntimamente obligados a reprimir.

 

A saber: que los hijos nos hacen menos felices y no más, o al menos que le agregan a nuestra vida de pareja una buena dosis de insatisfacción. En primer lugar está la rutina, el incremento de tareas sobre todo para la mujer, y luego las limitaciones que representan en tiempo y dinero.

 

Los matrimonios que participaron del estudio se revelaron como más infelices luego de la llegada del primer bebé, pero eso no es todo: no sólo el estado de cosas se mantuvo durante dos años, sino que cada nuevo hijo sumaba estrés y descontento.

 

Pensándolo un segundo, es obvio: un hijo requiere muchos cuidados y quita tiempo para la intimidad, reduce los proyectos posibles, coarta la tan bella libertad de actuar por impulsos (propuestas espontáneas de salidas a cualquier momento, encuentros relámpago, cierto tipo de sorpresas) porque a determinada hora hay que relevar al cónyuge en el acompañamiento del crío.

 

Estamos, sin embargo, casi moralmente obligados a considerar la llegada de un bebé como algo absolutamente positivo y a negar los aspectos negativos de un cambio como ése. Por eso, la idea de que su arribo pueda restarnos felicidad, en lugar de sumarla, nos resulta chocante aunque probablemente sea cierta.

 

La llegada de un niño no sólo acarrea muchas responsabilidades sino también temores. Reprimimos estos temores tanto como la mencionada insatisfacción o más. Y si no, considérese el análisis que hace (en la revista “Cracked”, que no es para nada científica, por cierto) la escritora Eliza Skinner al identificar los miedos subyacentes a monstruos típicos del cine: Chucky nos fascina, dice Skinner, porque nos autoriza a horrorizarnos ante la irrupción de un bebé que, “en gran medida como un chico real, quiere apoderarse de la vida de su dueño y matar su alma”. (Además, es un muñeco horriblemente deformado, y temerle nos permite liberar la tensión de no poder admitir socialmente que nos aterroriza la posibilidad de tener un bebé deformado, arguye.)

 

Bueno, ¿qué decir? Nuevamente, hay que tomar a estos estudios con un grano de sal, pero ciertamente los chicos son una complicación, si bien (dicen por ahí) son la complicación más bella que pueda existir.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP