Sociedad 03-03-2009 - 576
Palabras
(Policías – Asesinatos)
LO QUE LA GENTE QUIERE ESCUCHAR
Es de todo punto evidente, hasta para el idealista más
cegato, que no todas las vidas valen lo mismo. La muerte a manos de
delincuentes de un changarín del conurbano bonaerense nunca generará la
cantidad de libros y películas que disparó el asesinato de Kennedy. De ahí
para abajo, podemos establecer una especie de escala de importancia: líderes
políticos, cantantes famosos, grandes empresarios hacen más ruido al caer
que maestros, albañiles o abuelas. Igual, el ejercicio es inútil: no nos dice
más que lo obvio.
Hay, sin embargo, momentos en que ciertas muertes adquieren una resonancia
particular debido al contexto; muertes que en otro momento no merecerían más
que breves menciones en la prensa. La irrupción de esos contextos puede ser
evidente (la muerte de un ahorrista que no pudo comprar remedios para su mal
por tener el dinero retenido en los primeros días del corralito, por ejemplo). O
puede ser misteriosa. La gran conmoción que últimamente han venido produciendo las
muertes violentas de policías a manos de delincuentes se produce en un contexto
cuyo origen es al menos parcialmente misterioso.
¿A qué tanto revuelo por el asesinato de Aldo Garrido en San Isidro? No me
entienda mal, querido lector; no digo que el hombre no mereciera ser recordado
tras su muerte ni que ésta no debiera mover a un debate sobre el estado de
cosas en la provincia de Buenos Aires, con la delincuencia como principal temor
de la gente. Pero la atención que se le prestó fue a todas luces excesiva si
comparamos el caso con los de otros policías que han venido cayendo de formas
igualmente heroicas, a manos de salvajes criminales, en diversos puntos del
territorio bonaerense.
Sería fácil hacer una argumentación política y decir que la prensa encontró
en el asesinato de Garrido, "el último policía de la esquina" según
rápidamente lo rotuló la televisión a partir de los siempre dudosos testimonios
de vecinos, un medio para decir montones de cosas que quería decir. Pero habría
que matizar el análisis. Porque esas cosas son cosas que la gente quiere
escuchar en estos precisos momentos, y tal vez no tanto en otros. El balance de
factores es difícil de sopesar.
Tal parece, por lo pronto, que en estos días es más
terrible matar a un policía, armado y entrenado para enfrentar al delito, que
ultimar a un vecino como usted o yo, transeúntes pacíficos que no tenemos armas
ni formación ni poder para defendernos de un delincuente empistolado. Y
eso es muy, muy llamativo.
¿Hace falta aclarar que a mí también me duelen los policías muertos, que no
es desde el odio o el sectarismo que escribo estas líneas? Pero cuando hasta
los parientes en segundo grado del muerto dicen en el velorio que su trabajo
era peligroso y todos sabían que podía terminar así, la comparación con las
vidas del resto de nosotros, que no elegimos combatir a la delincuencia con
armas provistas por la ley, que estamos a merced del arbitrio de los
delincuentes, se impone.
¿Es peor matar a un policía que a un no policía? Por el bien de todos,
esperemos que no. La discusión, en todo caso, debería transitar por otros
carriles. Más productivos, más complejos y, si se me permite la expresión, más
impopulares: por mucho que estas cosas nos afecten a todos, no siempre es
necesario decirle a la gente lo que quiere escuchar.
Sebastián Lalaurette
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Agencia MP