Sociedad 10-03-2009 - 580 Palabras

(Venganza - Justicia)

 

POR VENGAR

 

¿Cómo no entender a Ameneh Bahrami? Pocas cosas pueden ser más comprensibles que el deseo de venganza de una mujer que mira sin ver, que habla desde un cuerpo ciego, que cuenta cómo el ataque de ira de un hombre que era prácticamente su propietario anuló su vista en un paroxismo de ácido y rencor. La entendemos, por supuesto. Pero hay algo que funciona horriblemente mal en este asunto.

 

Requiere un esfuerzo consciente no llevar la comprensión al deseo de venganza. O para decirlo de un modo mejor y más preciso: requiere un esfuerzo consciente no llevar el deseo de venganza al reclamo de su concreción.

 

Porque es natural que todos queramos ver cómo al agresor se lo agrede, cómo el asesino es asesinado, el violador es violado, el que tira ácido recibe una descarga de ácido en la cara. Quien diga lo contrario miente: ahí están las películas de Hollywood como consabido espejo social, esa incitación continua a la venganza desde la estatura de los héroes del cine. O las telenovelas, claro. Pero cuando realmente una sociedad recurre a la venganza como método de justicia las cosas van mal.

 

Es la ley del talión, el proverbial “ojo por ojo y diente por diente” que se aplicaba en tiempos bíblicos y de la que nuestros sistemas legales formales están muy lejos, pero no tanto el reclamo de pena de muerte que surge ante cada crimen especialmente brutal, o la satisfacción con que se suele decir que en la cárcel los violadores son pagados con su misma moneda. De manera que la ley vigente no representa un acuerdo social perfecto: hay continuas presiones para cambiarla y actos reprensibles tolerados a las sombras del sistema penitenciario una vez que la sentencia basada en esa ley se ha cumplido. Todo por el deseo de venganza, claro.

 

Ahora Ameneh Bahrami tendrá su venganza. El novio que le arrojó ácido a la cara, dejándola ciega, recibirá su castigo cuando ella le vuelque ácido en los ojos para producir el mismo efecto. Es una venganza autorizada por los tribunales iraníes, que aún pueden aplicar esa ley que nosotros, buenos ciudadanos occidentales, formalmente aborrecemos.

 

Ella dice que no es para vengarse, que busca un efecto ejemplificador. Pero sus palabras la traicionan. “Si esto que me ha hecho se lo hubiera hecho a tu hija, ¿no querrías sacarle los ojos?”, le preguntó a la periodista Pilar Rahola cuando ésta la entrevistó en el cuarto que alquila en Madrid.

 

Sí, querríamos, Ameneh. A todos nos gustaría. Por eso es que hay tantos voluntarios para realizar ellos la tarea de verter el ácido si es que tu ceguera te impide hacerlo. Pero el contrato implícito que firmamos para vivir en sociedad nos impide dar libre curso a ese impulso psicológicamente legítimo. Debemos reprimirlo y ocultarlo, aunque duela.

 

No hay solución para esto. Es el malestar de la cultura, claramente. La ley del talión, que pudo haber sido valiosa en algún tiempo, hoy repugna a la conciencia ética. Y aun así sabemos que esa ley volverá siempre a nosotros como impulso íntimo, que nunca dejará de hacerse presente en reclamos como el de la pena de muerte, en venganzas privadas o en la justificación de aberraciones consentidas como la violencia carcelaria.

 

Es contra la ley del talión que debemos construir una sociedad. Contra la comprensión y la justa ira que nos despierta el caso de Ameneh. Contra una parte innegable de lo que somos.

 

Sebastián Lalaurette

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