Sociedad 17-03-2009 - 582 Palabras
(Aborto)
EN LAS LINDES
Parecería que es imposible pronunciar la
palabra “aborto” sin iniciar una discusión virtualmente interminable. Cada
proyecto de ley, cada campaña informativa, cada afirmación de una figura
pública sobre el tema conjura un nuevo episodio de una saga en la que poco es
lo que realmente va cambiando a través de los años.
Se sabe, claro, que las discusiones
interminables son las discusiones que no avanzan: los mismos argumentos de un
lado y del otro, las mismas falacias y artimañas, las mismas apelaciones a la
emoción y a la razón intercaladas en un debate deprimente.
Mientras tanto, el aborto como hecho en sí,
el aborto puro y duro, el que las mujeres pobres se practican en soledad o en
antros donde la higiene y las prácticas de medicina básica no son cosas que se
den por sentadas, sigue existiendo al margen de toda discusión, sigue
llevándose vidas no sólo de bebés por nacer sino también de jóvenes y no tan
jóvenes madres.
Que en ese contexto no haya
prácticamente avances no debería sorprender. No es sólo que el tema sea
complejo; es que toca cuestiones moralmente irreductibles. Para tener una
posición absoluta al respecto hay que ignorar de un modo criminal el hecho de
que se está provocando o posibilitando la muerte de una persona, sea el niño
por nacer o la madre que decidió abortar. Tal parece, entonces, que no se
pueden adoptar posturas absolutas, por lo que la gente se refugia en la
autorización de una institución religiosa o en un fanatismo militante y cegador
que considera al feto como una simple parte del cuerpo de la mujer, casi un
órgano más.
Tal parece, entonces, que la discusión es
interminable por irresoluble. Al menos hasta que una realidad utópica en la que
el aborto no exista como posibilidad real, en la que nadie piense en deshacerse
de un bebé que aún no ha nacido, la vuelva obsoleta. Pero mientras tanto
¿ponernos de acuerdo en esto? No. Jamás.
Esta vez, como otras, el disparador fue una
modificación legal. El Congreso debatió y aprobó con lo justo una ley que,
según afirman algunos, abre la puerta a la despenalización del aborto. No es
una afirmación antojadiza, dado que durante el debate varias legisladoras
pusieron esa posibilidad sobre la mesa y hubo ocasión de sustentar o
contradecir su postura.
Es, en efecto, difícil pensar que una norma
que apunta a permitirle a la mujer “decidir sobre la vida reproductiva, número
de embarazos y cuándo tenerlos” no sea un intento de avanzar mínimamente en la
dirección de una despenalización del aborto, al menos parcial. En este tema siempre
se dan pasos ínfimos; imposible entrarle con zapatones. Pero también es cierto
que los sectores “pro-vida” vienen oponiéndose sistemáticamente a la aplicación
del aborto incluso cuando es legal, porque la normativa argentina considera
legítima esa operación cuando se realiza para salvar la vida de la madre. De
manera que legalidad por un lado y vista gorda por el otro parece ser un signo
de la insolubilidad del problema.
Nada puede aportar esta columna al debate, lo
sé. Como nada aportan la gran mayoría de las palabras que se escriben todo el
tiempo respecto de este tema. Sólo puedo pedirle que piense en esto. Nos afecte
o no directamente en lo personal, el fenómeno del aborto es a la vez
inabarcable e insoslayable: en más de un sentido, se ubica en las lindes de lo
que nos define como humanos.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP