Sociedad 07-04-2009 – 599 Palabras
(Dengue)
DENGUE
Es notable la cantidad de problemas que
convergen por estos días en la palabra “dengue”. La amenaza de una epidemia que
alcance a la capital del país no sólo asusta (se diría que los porteños están
mucho más asustados que los chaqueños o los salteños), sino que conjura
multitud de cuestiones irresueltas, cada una de ellas con un peso cierto en la
situación.
Desde el calentamiento global hasta la eterna
antinomia metrópoli-interior, pasando por la pobreza, la falta de educación, la
inoperancia de algunos gobernadores y la escasa ética de algunos intendentes,
el mal transmitido por el mosquito Aedes
aegypti presenta múltiples vectores de propagación y permanencia.
Probablemente su visita indeseada sea un diagnóstico preciso de casi todo lo
que anda mal en la Argentina.
No se puede culpar al gobierno de que a
esta altura del año haga demasiado calor como para esperar que se vaya el
mosquito, así que lo primero que hay que aceptar es que parte de la culpa la
tenemos los seres humanos como especie: la tremenda sacudida climática que le
hemos proporcionado al planeta contribuye a que la epidemia baje hacia el sur y
a que allí se quede más de lo debido.
Pero el resto de los factores son
modificables por los encargados de administrar el país, las provincias o los
municipios, o incluso por los mismos hombres y mujeres comunes, los que viven
en las zonas epidémicas o tienen allí parientes y amigos y suelen viajar a esos
lugares. Y el hecho de que tales factores persistan indica responsabilidades y
omisiones más concretas.
Es claro que la presencia de recipientes,
charcos u otras acumulaciones de agua estancada tiene al menos un poco que ver
con la pobreza, con un estilo precario de vida que sucesivos gobiernos
provinciales no han sabido o querido modificar. Pero la desidia de mucha gente
a la hora de adoptar las mínimas medidas de prevención (simplemente vaciar los
cacharros cada día, por ejemplo) obedece a una arraigada inercia, producto a su
vez de una educación deficiente. Una amiga me cuenta que hace pocos días viajó
al norte del país y que allí no advirtió preocupación alguna por el problema
del dengue. No es un panorama alentador.
Una vez presente la enfermedad, y dada esta
inercia a la hora de prevenir su propagación, el combate contra el bicho choca
contra otros problemas. Sé de buena fuente que al menos un intendente de un
partido de la zona sur del Gran Buenos Aires ocultó que en su distrito hubo
tres posibles casos de dengue. Esto no ayuda a nadie; más bien es peligroso.
Finalmente, el tratamiento mediático.
Decíamos que los habitantes de la capital del país están más preocupados que
los de las zonas de emergencia. Y, aunque las muertes de personas en las
provincias más afectadas y las cifras de contagio se difunden diariamente, da
la impresión de que los grandes medios le prestan más atención a la amenaza de
que el dengue “prenda” en los grandes centros urbanos que a la ya presente y
urgente realidad de las áreas periféricas. El razonamiento no es totalmente
errado, porque la cantidad de población de la metrópoli es mucho mayor y el mal
podría causar allí un gran impacto, pero no deja de notarse que las cosas
importan más cuando amenazan a la capital, como el humo proveniente de las
quemas de pastizales en el límite entre Buenos Aires y Entre Ríos, algo que señalábamos
en otra columna.
El dengue ha vuelto más fuerte que nunca. Hay
cosas que no han vuelto, sino que nunca se fueron.
Sebastián Lalaurette
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP