Sociedad 28-04-2009 - 571
Palabras
(Influenza porcina)
PORCA MISERIA
No puede caber ninguna duda de que, hoy por hoy, el funcionario argentino
que peor lo está pasando es una mujer: Graciela Ocaña. Su mundo se ha venido
derrumbando desde que la epidemia de dengue empezó a bajar desde el norte
argentino hasta la propia capital del país y ahora, justo ahora que parecía que
la cosa no podía estar mucho peor, aparece la gripe porcina, esa especie de
peste imprevista que amenaza con hacer estragos a nivel mundial.
El panorama es aun peor que el que presentaba la gripe aviar, que, más allá
de su mortalidad y capacidad de expansión, nunca llegó (que sepamos hasta ahora
y por suerte) a convertirse en una enfermedad humana: la mutación del virus que
lo haría transmisible de humano a humano no se produjo. Pero la gripe porcina,
pariente cercana de aquélla, sí se contagia y no es difícil ver cómo el mal,
que ya está pasando de un país a otro a través de los aeropuertos, podría
extenderse rápidamente en una transmisión de persona a persona.
Ahora, enfrentar la amenaza del dengue, cuya gravedad no es ajena a cuestiones
como la falta de educación y la pobreza acumulada a lo largo de décadas (lo
decíamos en una columna hace tres semanas), es una cosa; enfrentar la amenaza
del dengue y además la amenaza de la gripe porcina es otra cosa completamente
distinta.
Por estos días, más que en renunciar, Ocaña debe de estar pensando en irse
a otro país. Que no sea Bolivia ni México, claro.
El problema, claro, no es Ocaña, ni ningún otro ministro, sino los cientos
de personas que están muriendo y los miles de afectados por el malhadado virus.
La OMS ha elevado el nivel de alerta y en México cierran todos los lugares
de acceso público. Los especialistas a nivel mundial no saben si este brote de
gripe porcina será un incidente más en una década que ya ha tenido lo suyo o el
estallido de una pandemia que mate a millones de personas en todo el planeta.
No hay ministro, presidente o epidemiólogo que pueda decirnos exactamente
qué va a ocurrir ahora.
Y si ellos no saben, ¿qué nos queda a nosotros?
En principio, sustraernos al pánico que en otros lugares ya disparó el
precio de los barbijos y redujo su stock a cero; mantener la calma y evitar las
predicciones apocalípticas que ya están lanzando algunos en conversaciones de
café y por Internet; estar atentos y tomar las precauciones del caso, pero sin
enloquecer.
Hay y habrá muertos, claro, y entiendo perfectamente que lo que digo puede
sonar frío y hasta cruel a los afectados. Pero hasta ahora no se justifica un
pánico generalizado como el que ya empezó a insinuarse. El operativo para
contener a esta nueva amenaza ya está en marcha y a pesar de que es necesario
mantener la alerta activa, la posibilidad de que la enfermedad se descontrole
por ahora es eso, una posibilidad.
Aun así, la irrupción de la gripe porcina no sólo nos recuerda cuán frágiles
somos, sino también lo vulnerables que nos hace esta interconexión global que
damos por sentada: los viajes constantes en tren, barco y avión, el traslado de
alimentos de un punto a otro del globo, facilitan la dispersión de los agentes
invisibles que queremos contener. En la fuerza de nuestra civilización reside
también, como suele ocurrir, su debilidad.
Sebastián Lalaurette
sociedad@agenciamp.com.ar
Agencia MP