Sociedad 26-05-2009 - 587 Palabras

(Grassi)

 

LA PARÁBOLA

 

Todavía recuerdo la sorpresa, no, la incredulidad, la absoluta incredulidad mientras veía cómo la historia se desplegaba dentro del televisor. Lo recuerdo como si hubiera sido anoche, pero ya pasaron seis años y medio. Así de fuerte resultó el shock, para mí al menos. “Yo, Grassi”, era lo único que Canal 13 había venido anunciando durante la semana respecto del informe de investigación que iba a presentar. Y yo supuse que la falta de otros datos podría tener que ver con que el Grassi aludido fuera otro, no el Grassi famoso, el Padre Grassi: a tal punto llegaba el aura de indestructibilidad moral de ese hombre, que preferí sospechar de la parquedad del aviso como de la indicación de una artimaña, como del anuncio de que me estaban por engañar en el peso.

 

Y no. Era el Padre Grassi nomás (ahora ya nadie usa ese apelativo, pero entonces no era fácil recordar su nombre de pila), y no sólo era el padre Grassi sino que las acusaciones que se le formulaban eran mucho peores que lo que yo había llegado a imaginar: un seminario “truchado”, algún manejo irregular de fondos de donaciones, la confesión de una relación heterosexual de juventud.

 

La sola mención de ese doble bisílabo operaba poderosamente por aquellos años. No sólo transmitía su prestigio a quien se asociara a él (recuerdo que la madre y manager de un escritor precoz a quien yo había entrevistado me dijo con inocultable orgullo y un aura de misterio que el próximo proyecto de su hijo podía tener “algo que ver con el Padre Grassi”), sino que el único enfrentamiento mediático que había tenido lo dejaba de entrada como claro ganador contra los malos (quienes, en una actitud legal pero absolutamente inmoral, vehiculizaban donaciones hacia su fundación asegurándose de obtener un porcentaje de ganancias, superior, si mal no recuerdo, al monto que finalmente llegaba al objetivo).

 

Ahora nos venían a decir que Grassi, el Padre Grassi, era uno de los malos. Uno de los peores.

 

Como tantos argentinos, tal vez un poco más ingenuo que el promedio, miré el informe de Myriam Lewin con suspicacia. No paraba de pensar en todas las posibilidades de “armado” que tenía esa historia; en los poderosos intereses que podían mover una campaña en contra del sacerdote; en lo mendaces que pueden ser algunos testigos, en lo difícil de probar ciertos cargos. En una especie de conspiración. Después de todo, el informe había sido producido por el grupo mediático más poderoso del país, y el blanco era un hombre con un ingente capital moral pero un estatus económico mediano. Aplastarlo podría ser fácil, era el razonamiento.

 

Los días subsiguientes vinieron con la calma de la razón, con la suma de acusaciones e indicios, con intentos de defensa poco convincentes, y luego con estrategias judiciales alocadas (como pretender obviar a todo el sistema judicial y pedir un juicio a cargo de un tribunal popular). El aura mágica de ese hombre había empezado a disolverse. Lo cual no quería decir que fuera culpable, por supuesto.

 

Esta historia está a punto de terminar. Mejor dicho, no, no va a terminar por ahora: a la sentencia del diez de junio, sea cual sea, seguirá sin duda una apelación, y la trama judicial seguirá su curso. Pero en cualquier caso, y aunque ya hace rato que todo lo que nos puede interesar como público está dicho, ese día será simbólico: marcará el final de una parábola descendente, la de nuestra inocencia.

 

Sebastián Lalaurette

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Agencia MP